Escritora cabal, Flannery O’Connor (25 de marzo de 1925 – 3 de agosto de 1964) pasó su corta vida dedicada a escribir. Publicó dos novelas, 32 relatos, un puñado de ensayos sobre su oficio y un sinfín de cartas. De prosa impecable, su obra es referernte del mundo del sur de los Estados Unidos. Transcribo las primeras líneas de su cuento más famoso: “Un hombre bueno es difícil de encontrar”.
“La abuela no quería ir a Florida. Quería visitar a algunos de sus conocidos en el este de Tennessee y no perdía oportunidad para intentar que Bailey cambiase de opinión. Bailey era el hijo con quien vivía, el único varón que tuvo. Estaba sentado en el borde de la silla, a la mesa, reclinado sobre la sección deportiva del Journal.
– Mira esto, Bailey –dijo ella–, mira esto, léelo.
Y se puso en pie, con una mano en la delgada cadera mientras con la otra golpeaba la cabeza calva de su hijo con el periódico.
– Aquí, ese tipo que se hace llamar el Desequilibrado se ha escapado de la Penitenciaría Federal y se encamina a Florida, lee aquí lo que hizo a esa gente. Léelo. Yo no llevaría a mis hijos a ninguna parte con un criminal de esa calaña suelto por ahí. No podría acallar mi conciencia si lo hiciera.
Bailey no levantó la cabeza, así que la abuela dio media vuelta y se dirigió a la madre de los niños, una mujer joven en pantalones, cuya cara era tan ancha e inocente como un repollo, con pañuelo verde atado con dos puntas en lo alto de la cabeza, como orejas de conejo. Estaba sentada en el sofá, alimentando al bebé con albaricoques que sacaba de un tarro.
– Los niños ya han estado en Florida –dijo la anciana señora–. Deberíais llevarlos a otro sitio para variar, así verían otras partes del mundo y aprenderían otras cosas. Nunca han ido al este de Tennessee.
La madre de los niños no pareció oírla, pero el de ocho años, John Wesley, un niño robusto con gafas, dijo:
– Si no quieres ir a Florida, ¿por qué no te quedas en casa?
Él y su hermanita, June Star, estaban leyendo las páginas de entretenimiento en el suelo.
– No se quedaría en casa aunque la nombraran reina por un día –dijo June Star sin levantar su cabeza amarilla.
– ¿Y qué haríais si este sujeto, el Desequilibrado, os cogiera? –preguntó la abuela.
– Le daría un puñetazo en la cara –respondió John Wesley.
– No se quedaría en casa ni por un millón de dólares –afirmó June Star–. Teme perderse algo. Tiene que ir a donde vayamos.
– Muy bien, señorita –dijo la abuela–. Acuérdate de eso la próxima vez que me pidas que te rice el pelo.
June Star dijo que sus rizos eran naturales.
A la mañana siguiente la abuela fue la primera en subir al coche, lista para partir. A un costado dispuso su gran bolsa de viaje negra que parecía la cabeza de un hipopótamo y debajo de ella escondía una cesta con Pitty Sing, la gata, en el interior. No tenía la menor intención de dejar sola a la gata durante tres días, porque la echaría mucho de menos y porque temía que se frotara contra las llaves del gas y se asfixiara por accidente. A su hijo, Bailey, no le gustaba llegar con gatos a un motel.”
Novedades en la mesa
En A corazón abierto (Seix Barral) la española Elvira Lindo entrega a los lectores la novela de su propia familia, con especial acento en la figura de su padre.
