Los pequeños detalles que anteceden a un conflicto bélico de alcances trascontinentales se narran con precisión en una trama que va subiendo de suspenso, en la novela histórica del escritor mexicano radicado en España, Raúl Pérez López-Portillo (16 de febrero de 1947), Capitanes del rey. España y Francia contra Inglaterra, editada en España por la editorial De librum tremens. Transcribo las primeras líneas de la novela.
“Verano de 1777. De pie, frente al mar, sobre unos salientes rocosos de la playa de Nules, Roberto Saviano recibía el intenso aroma del azahar que un suave viento, proveniente del interior, recogía de las plantaciones de naranjos. Estaba a punto de realizar una nueva travesía por el Mediterráneo. El azahar luchaba con la brisa salada que cabalgaba hacia la playa, sobre la cresta de las olas y algunas gotas del mar salpicaban el rostro del capitán.

La tarde caía con la brisa, mientras el oleaje se estrellaba con las rocas salitrosas, escurriendo la espuma por los cortantes salientes, y en un recoveco del espigón, se mecía el paquebote que le llevaría, al día siguiente, al puerto de Valencia. El sol empezaba a dormirse sobre las montañas y el mar verdoso se tornaba más oscuro. La costa de Burriana y Moncofa se perdía a lo lejos y sobre la de Nules, subía la marea, con estrépito. Saviano miraba tres barcas de pescadores descansando en la playa y sobre su cabeza, una gaviota solitaria enfiló el vuelo hacia tierra adentro, por encima de los naranjales. Quedaba poca luz.
El capitán se volvió hacia la serranía del Espadán y, un poco a la derecha, divisó el poblado de Nules. Los últimos rayos dorados se reflejaron en la teja vidriada, las cúpulas de los templos más altos y el convento de las carmelitas descalzas. La sierra se oscureció y, por encima del horizonte irregular, el cielo se tiñó de rojo cuando la tierra comenzó a tragarse el disco solar enrojecido. Las sombras se apoderaron de las primeras señales del verano de 1776. Los naranjos desaparecieron y surgieron formas caprichosas. Un palmeral, con sus espesos penachos, se recortaba a un costado de los naranjales y también se esfumaron. Las primeras luces de Nules se encendieron. Saviano subió al caballo y regresó al poblado para despedirse de su madre, parte medular de su familia hidalga de Valencia, la mano dura que dirigía el trabajo de los peones entre los naranjos, vivía de sus rentas y de sus inversiones.
En Valencia, tres días más tarde, el joven capitán Saviano de 23 años recogió sus órdenes oficiales y abordó la corbeta Cazador, del asturiano Eulalio Floristán. Por segunda vez, iba a ser capitán de un barco de guerra. Le acompañaban varios oficiales, viejos conocidos de su etapa como comandante de la corbeta Lobo, destruida en una tormenta. Tenía que ir a Napoli y Roma, atracar en marseille y dirigirse a parís, antes de regresar a España. En Brest se encargaría de la corbeta Numancia, de 28 cañones, para llevarla a San Sebastián, donde desembarcaría, para dirigirse a Madrid.”
Noveades en la mesa
La nueva entrega del chileno Luis Sepúlveda, Historia de una ballena blanca, editado por Tusquets, es una odisea narrada en voz de la propia ballena, una brutal reflexión acerca de la naturaleza.
