Hay que cuidarse de lo inesperado y más quienes deben tomar decisiones con relación a una colectividad. Son puntuales los espectros con los cuales ilustró el editorial de Siempre! del ejemplar anterior el momento presente.
A la propuesta de la transformación hecha por el presidente Andrés Manuel López Obrador se agolpan la justa e inquebrantable exigencia por el respeto auténtico a los derechos y libertades de las mujeres; la debacle de la economía nacional, anidada en la incertidumbre generada y la disposición irresponsable de recursos para contingencias en gasto corriente y el impacto del Covid-19 en la economía mundial, y la emergencia misma del nuevo virus y la necesidad de actuar con atingencia y oportunidad. Y la incapacidad para recuperar la seguridad pública.
Nicolás Maquiavelo habló del valor en el hombre de Estado, y también de la fortuna. ¿Cambió la fortuna? Lo ignoro. Más bien parece que llegamos a un escenario derivado del “estilo personal de gobernar” ante las circunstancias no previstas. Hasta aquí nos han conducido la centralización del gobierno federal y sus atribuciones y capacidades en la persona del Ejecutivo Federal; la polarización de la sociedad con base en la descalificación de quienes piensan distinto o proponen algo diferente, y el liderazgo carismático -en términos de Max Weber- en el cual pretende asentar sus decisiones el mandatario ejecutivo federal.
En el fondo es el sentimiento más arraigado de asumirse por encima de la ley; voluntad por lo absoluto -su absoluto- en la toma de decisiones y en el ejercicio del poder.
El problema que para la Nación plantea la pandemia del covid-19 tiene cauces nítidos para su atención, pero se requiere partir del compromiso real de cumplir con la Constitución y la ley, al tiempo de ponderar la responsabilidad ética y las repercusiones de las decisiones que se adopten.
Contra lo que percibe el subsecretario Hugo López-Gatell, no es con la fuerza moral que le atribuye a su jefe, sino con el necesario liderazgo político como se paliarán mejor los sacrificios que demanda el momento y la superación de la emergencia. Una epidemia se combate con conocimiento científico, pero la batalla se libra con los medios legales y políticos, el principal: capacidad para unir, para conducir y, sobre todo, para convencer.
La confianza en el gobierno se ha deteriorado, pero ante la emergencia y con relación a ella, la credibilidad es casi nula. Por eso cada ámbito de responsabilidad con respecto a lo que rebasa la consideración individual, evalúa la situación y resuelve lo que estima pertinente más allá o por encima de la posición del Ejecutivo, como las decisiones adoptadas por varios gobiernos locales sobre la suspensión de las clases ante la insuficiencia del criterio de la Secretaría de Educación Pública y la suspensión de labores -salvo para asuntos urgentes- en el Poder Judicial de la Federación.
¿Por qué se esfumó la credibilidad en esta delicada cuestión? No es sólo la polarización promovida por el Ejecutivo. Hay algo más. Son la ausencia de actuación por los cauces legales -aunque no todos los tengan presentes, utilizarlos generaría tranquilidad y confianza- y el alejamiento del comportamiento ético exigible al gobierno, que el pueblo intuye primero y, poco a poco, expresa con la voz y con el comportamiento.
Repasemos el orden jurídico. Los artículos 4 y 73, fracción XVI, párrafos 1º, 2º y 3º constitucionales tienen previsiones nítidas: i) toda persona tiene derecho a la protección de la salud; ii) el Consejo de Salubridad General (CSG) es una autoridad sanitaria con atribuciones para declarar una emergencia a causa de una enfermedad grave o que atente contra la seguridad nacional; iii) la Secretaría de Salud, en caso de epidemia grave, está obligada “a dictar inmediatamente las medidas preventivas indispensables, a reserva de ser después sancionadas por el Presidente de la República”, y iv) la autoridad sanitaria es ejecutiva y cuenta con la capacidad para que sus determinaciones se cumplan.
Más allá de la concepción burocrática y de la conformación del CSG, el órgano no se ha reunido; el secretario de Salud -Jorge Alcocer- está ausente y debería renunciar o serle exigida la responsabilidad política y administrativa que le corresponde; el subsecretario mencionado es una réplica del presidente-vocero y habla sin que la dependencia en la cual colabora cumpla sus funciones.

Hacer referencia a las fases en el avance de la enfermedad, informar de tiempos para actuar con base en el concepto de los contagios comunitarios o post-importados y asumir fatalmente que el brote ocurrirá como en Wuhan, en Italia o en España, pero que no cabe adelantarse porque la emergencia durará -al menos- 12 semanas y no hay que “alentar” el desgaste social que ello implicará, es como plantear en una embarcación vulnerable a través de un río caudaloso, que nos pongamos el chaleco salvavidas después de haber caído al agua. Su lógica es la de la enfermedad y su ritmo, no la de la prevención para atemperar surgimiento y ritmo.
Veamos el problema ético. Las características de la transmisión del virus colocan la responsabilidad de combatir y superarlo en cada persona. No hay vacuna para combatirlo y la transmisión será por nuestros contactos más simples, como el saludo, o nuestras conductas más generalizadas, como tocar cualquier cosa con la mano y ser contagiado. Todos podemos contagiarnos y contagiar. No hay un grupo de población distinguible o aislable, sino hasta que ya es tarde. El contagio se dio, la enfermedad se manifestó y el riesgo de otros contagios se hizo realidad.
Como lo señalan Nassim Nicholas Talib y Joseph Norman del Instituto de Sistemas Complejos de Nueva Inglaterra, tomar precauciones individuales -en esta materia- no implica su escalamiento. La escala se asienta en las millones de decisiones individuales. Para ellos, “la seguridad colectiva puede demandar el exceso preventivo del riesgo individual, aun cuando entre en conflicto con el interés o el beneficio de esa persona. Puede requerir que una persona se preocupe por riesgos que son, comparativamente con otros, insignificantes.”
El Ejecutivo Federal y su equipo asumen una probabilidad baja de contagio individual en esta etapa y hablan de los casos importados. Sin embargo, soslayan que aunque el riesgo de cada persona es bajo, el riesgo es común a todas y cada una de las personas de nuestra comunidad., Y a menos que todas eviten contactos que actualicen ese riesgo, la posibilidad exponencial de contagio se convierte en una amenaza sistémica. Entonces, de regreso a lo básico: no debe incrementarse el riesgo inicial, pero no lo evitan ni llamada ello. Hace rato que pasamos el momento de asumir conductas estrictas para limitar los contactos entre las personas.
Si la ética de cada quien es adoptar medidas para no ser contagiado ni contagiar, la ética de un gobierno prudente y responsable es adoptar las determinaciones que contribuyan a sustentar esos millones de comportamientos individuales.
No hacerlo eleva los riesgos de la propagación del virus; no argumentarlo eleva la tensión y la preocupación sociales; no hacerlo eleva la presión inmediata futura sobre los servicios de salud normalmente insuficientes.
Las supersticiones, las corazonadas o la confianza de que quien tenga virtudes morales genera anticuerpos para el covid-19, no van a servir de nada.
Las prioridades están claras: preservar la salud y proteger la vida de toda la población; apoyar y evitar presiones mayores a los profesionales de la salud y a los hospitales y clínicas; y asumir un programa extraordinario de apoyos económicos y sociales durante el periodo de reclusión y aislamiento, hasta ahora estrictamente voluntario o dispuesto por quien puede hacerlo y lo hace responsablemente. Sin cumplir la Constitución y sin comportamiento ético no puede haber rumbo desde el gobierno. Se ha perdido el tiempo, pero aún puede actuarse.
- S. Con cariño y solidaridad para mi familia italiana.
