Los libros de viajes reconectan hoy a los lectores con su nómada interior. Del viajero, observador de la naturaleza y aventurero defensor de la ecología, el chileno Luis Sepúlveda (4 de octubre de 1948 – 16 de abril de 2020), transcribo unas líneas de Mundo del fin del mundo (Tusquets).
“1. ‘Llamadme Ismael…, llamadme Ismael…’, repetí varias veces mientras esperaba en el aeropuerto de Hamburgo y sentía que una fuerza extraña otorgaba cada vez más peso al delgado cuadernillo del pasaje, peso que aumentaba conforme se acercaba la hora de salida.
Había atravesado el primer control y me paseaba por la sala de embarque aferrado al bolso de mano. No llevaba demasiadas cosas en él: una cámara fotográfica, una libreta de apuntes y un libro de Bruce Chatwin, En la Patagonia. Siempre he aborrecido a los que hacen rayas o anotaciones en los libros, pero aquél estaba lleno de subrayados y signos de exclamación que fueron en aumento luego de tres lecturas. Y pensaba leerlo por cuarta vez durante el vuelo hasta Santiago de Chile.
Siempre quise regresar a Chile. Tuve ganas, pero a la hora de la determinación pesó más el miedo, y los deseos de reencontrarme con mi hermano y los amigos que allá tengo se transformaron en una promesa en la que, de tan repetida, creí cada vez menos.
Llevaba demasiados años vagando sin rumbo fijo, y los deseos de detenerme a veces me aconsejaban un pequeño pueblo de pescadores en Creta, Ierápetras, o una apacible ciudad asturiana, Villaviciosa. Pero algún día cayó en mis manos el libro de Chatwin para devolverme a un mundo que creí olvidado y que me estaba esperando: El mundo del fin del mundo.
Luego de leer por primera vez el libro de Chatwin me entró la desesperación por volver, pero La Patagonia está más allá de las simples intenciones del viajero, y la distancia se nos muestra en su real envergadura cuando los recuerdos emergen como boyas en el agitado mar de los años más intensos.
Aeropuerto de Hamburgo. Los demás viajeros entraban y salían de la tienda libre de impuestos, ocupaban el bar, algunos se mostraban nerviosos, consultaban sus relojes como dudando de la puntualidad repetida en docenas de aparatos electrónicos. Se acercaba el momento en que abrirían las puertas de salida, y tras revisar las tarjetas de embarque seríamos conducidos a un bus hasta el avión. Yo pensaba que regresaba al mundo del fin del mundo luego de veinticuatro años de ausencia.
- Era muy joven por entonces, casi un niño, y soñaba con las aventuras que me entregarían los fundamentos de una vida alejada del tedio y del aburrimiento.
No estaba solo en mis sueños. Tenía un Tío, así, con mayúsculas. Mi Tío Pepe, más heredero del carácter indómito de mi abuela vasca que del pesimismo de mi abuelo andaluz. Mi tío Pepe. Voluntario de las Brigadas Internacionales durante la guerra civil española. Una fotografía junto a Ernest Hemingway era el único patrimonio del que se sentía orgulloso, y no cesaba de repetirme la necesidad de descubrir el camino y echarse a andar.
De más está indicar que el Tío Pepe era la oveja negrísima de la familia, y que cuanto más crecía yo, nuestros encuentros se volvían cada vez más clandestinos.
De él recibí los primeros libros, los que me acercaron a escritores a quienes jamás he de olvidar: Julio Verne, Emilio Salgari, Jack London. De él también recibí una historia que marcó mi vida: Moby Dick, de Herman Melville.”
Novedades en la mesa
Del multipremiado irlandés Bernard MacLaverty, un viaje de desencuentro definitivo, Unas vacaciones en invierno (El asteroide).
