La lectura que activa el mecanismo de la reflexión
La herencia genética de Amos Oz (4 de mayo de 1939 – 28 de diciembre de 2018) fue una trama de letras y palabras pronunciadas en todos los idiomas por sus padres y antepasados políglotas. Ese entretejido de cultura sostiene la narrativa pacifista del autor acerca de la épica del pueblo de Israel. Leerlo se vuelve, como escribió Lola Beccaria, “una actividad frenética en busca de respuestas, y las respuestas que obtenemos son más preguntas todavía. Leer no da la solución, lo que hace es activar el mecanismo de la reflexión y engrasarlo día a día”. Transcribo las primeras líneas de la novela autobiográfica de Amos Oz, Una historia de amor y oscuridad (Siruela).
“Nací y crecí en un piso muy pequeño, de techos bajos y unos treinta metros cuadrados: mis padres dormían en un sofá cama que ocupaba su habitación casi de pared a pared cuando lo abrían por las noches. Por la mañana temprano plegaban el sofá sobre sí mismo, escondían la ropa de cama en la oscuridad del cajón de abajo, daban la vuelta al colchón, cerraban, empujaban, lo cubrían con una funda gris clara y unos cuantos cojines bordados de estilo oriental, ocultando cualquier rastro de su sueño nocturno. Así pues, su habitación servía de dormitorio, estudio, biblioteca, comedor y salón.
Enfrente de esa habitación estaba mi cuarto, era pequeño y verdoso, y la mitad del espacio estaba ocupado por un armario barrigudo. Un pasillo oscuro, estrecho, bajo y algo sinuoso, parecido a un túnel hecho por presidiarios, unía la cocina y el retrete con las dos habitaciones. Una débil bombilla encerrada en una jaula de hierro derramaba sobre el pasillo, también durante el día, una luz turbia. Había sólo una ventana en la habitación de mis padres y otra en la mía, las dos protegidas por contraventanas de hierro, las dos guiñaban las contraventanas para intentar mirar hacia oriente, pero sólo veían un ciprés polvoriento y una tapia de piedra sin tallar. Por una ventanilla enrejada, nuestra cocina y nuestro retrete veían un pequeño patio de presos rodeado de altos muros y con el suelo de cemento, un patio donde, sin un solo rayo de sol, agonizaba un pálido geranio plantado en una lata de aceitunas oxidada. En los alféizares de las ventanas había siempre frascos cerrados con pepinillos en vinagre y también un desdichado cactus dentro de un florero que se había roto y hacía de maceta.
Era un piso soterrado: el bajo del edificio excavado en la ladera de un monte. Ese monte era nuestro vecino, un inquilino recio, introvertido y silencioso, un monte viejo y melancólico que hacía vida de soltero y mantenía siempre un silencio absoluto. Era un monte adormecido, invernal, que nunca arrastraba muebles ni tenía invitados, no alborotaba ni molestaba, pero a través de las dos paredes que compartíamos con él se filtraba siempre, como un ligero y persistente olor a moho, el frío, la oscuridad, el silencio y la humedad de ese melancólico vecino.
Y por eso, a lo largo de todo el verano, un poco de invierno se quedaba en casa.
Las visitas decían: qué bien se está aquí los días de bochorno, está tan fresco y tan tranquilo, pero ¿cómo os las arregláis en invierno? ¿No traspasa la humedad? ¿No es un poco deprimente vivir aquí en invierno?”
Novedades en la mesa
En 1962 Juan Marsé recorrió Sevilla, Cádiz y Málaga con su amigo Antonio Pérez y el fotógrafo Albert Ripoll Guspi, para documentar la realidad que entonces el poder oficial ocultaba. El proyecto no se publicó en su momento y texto e imágenes fueron a parar a un archivo. Lumen rescata ahora ese material en el volumen Viaje al sur.
