Gran fábula acerca de las vueltas de la vida es el relato del dramaturgo y narrador vienés Arthur Schnitzler (15 de mayo de 1862-21 de octubre de 1931), Fortuna, considerado además una joya de la técnica narrativa. Transcribo las primeras líneas del cuento tomado de la edición de la UNAM en su colección Relato Licenciado Vidriera, que incluye introducción de Víctor Herrera.

“Era de madrugada cuando  Weldein, aún dormitando, oyó la voz de su mujer. Ella se encontraba al lado de la cama ya vestida de calle y le dijo: “Buenos días, Karl, tengo que irme al trabajo”. Era costurera. Weldein se subió la cobija hasta la barbilla, acordándose vagamente de haberse echado a la cama vestido. “Buenos días”, replicó. Su mujer lo miraba, compasiva, resignada. “El niño ya se ha ido a la escuela… ¿y tú, qué haces?”

“Hoy no tengo trabajo. Déjame dormir.”

Se dispuso a marcharse. Todo eso lo conocía hasta la saciedad. En la puerta, se volvió hacia él. “No te olvides de que hoy toca pagar el alquiler. El dinero está en el cajón, ya contado.” Volvió a mirar a su marido y se lo pensó dos veces. Caminó hacia el armario de la ropa, abrió el cajón y sacó algunos billetes… “Prefiero pagarla yo misma.”

“Muy bien, págala tú”, se rio él.

 

Al marcharse, la mujer le lanzó una última mirada melancólica. Y Karl Weldein se quedó allí, solo, entre el sueño y la vigilia, con los ojos abiertos. La habitación era pobre pero aseada. A través de las dos limpias ventanas relucían los rayos matutinos del sol de primavera. Se oía el monótono tic tac del reloj de pared.

De repente, Weldein saltó de la cama. Allí estaba, vestido de frac y corbata blanca, con la camisa arrugada y los zapatos polvorientos, el pelo corto alborotado y los ojos enrojecidos. Caminó al sencillo espejo de pared que colgaba sobre la cómoda. Se miró y sonrió. “Buenos días, señor Weldein”, dijo. “Buenos días.” Empezó a bailotear por el cuarto, silbando una canción. Luego se sentó sobre el borde de la cama, cruzó las piernas y se puso a pensar… Tenía que ir recordando. No había soñado. Eso ahora lo tenía muy claro, pues de no ser así ¿cómo podía despertar vestido de frac? De modo que era cierto, había sido realidad.

Y volvió a verse en aquella fonda donde se inició la aventura, sentado a la mesa y jugando a las cartas con gente de atuendo humilde, tal como lo hacía tantas veces. Volvió incluso a sentir el olor del humo de la lámpara, colocada como siempre sobre la mesa. Se le apareció la figura rechoncha del dueño, que estaba apoyado contra la puerta cuando entraron aquellos desconocidos. Todo eso había ocurrido la noche anterior, ¿podía ser posible?

Había perdido todo su dinero, ¡todo, todo! Los desconocidos, serenos y curiosos, le habían cogido el gusto al juego y le prestaron dinero para que pudiera seguir jugando. Y en aquel momento le sonrió la suerte, una suerte inaudita y misteriosa.

…Weldein se levantó del borde de la cama y empezó a dar vueltas por la habitación. Sus ojos ardían de entusiasmo al revivir la aventura… Vio cómo se marchaba acompañado por los desconocidos de aquella fonda roñosa, donde ya nada lo retenía. Vio a los otros jugadores, desvalijados, levantarse inconsolables.”

 

Novedades en la mesa

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