Casa sin madre, río sin cauce, reza un dicho Popular. Con el pretexto de la conmemoración del diez de mayo vale la pena una reflexión en torno a las mujeres que son madres, con esposo o sin él, con pareja o sin ella, hijas, las mujeres de hoy día que han agregado a su ya importante papel de mamás y amas de casa, la responsabilidad de madres trabajadoras, mujeres con doble o triple responsabilidad.

Al consabido compromiso maternal que lleva consigo el acompañamiento alimentario y educativo de los hijos, se añade hoy día la responsabilidad laboral. Siempre se ha intuido que el papel de las mamás en la educación de los hijos es fundamental, y que el éxito educativo en la vida está íntimamente vinculado con el papel de la familia, pero especialmente el de las mamás. Esta consideración no es sólo un supuesto, la ciencia lo confirma.

La mexicanísima frase de “no tener madre”, que es usada tanto para calificar a una persona cínica, sinvergüenza, o falta de buenos sentimientos, como para indicar desorden, un relajo considerable, o falta de organización, ha trascendido las fronteras no sólo en su forma original sino con el sinónimo de desmadre e incluso en el anglicismo de desmother, y hoy día se usa desde los Estados Unidos hasta España. Y es que su significado es único y es seguramente muy difícil si no imposible encontrar su equivalente en otro idioma.

El sentido de la famosa frase ha encontrado sustento científico.  Durante mucho tiempo se pensó que los sentimientos de compasión u odio, de benevolencia o maldad, eran fundamentalmente una construcción social a través de las experiencias vividas, y de la educación recibida. Aunque, por otra parte, había también evidencias que hacían pensar que la estructura que condicionaba esos sentimientos era más bien genética, es decir, que la capacidad para sentir determinadas emociones estaba determinada en mayor medida desde el nacimiento.

La sorpresa es que recientemente se ha encontrado que, si bien ambas teorías tienen algo de razón, esos sentimientos están íntimamente relacionados con la seguridad emocional de las personas, y ésta está determinada en gran medida por la mamá. Así, una persona con gran seguridad emocional tenderá a ser más benévola, altruista y abierta; y esta certidumbre emocional y autoestima están relacionadas con la activación de una especie de cableado neuronal que se echa a andar con el cuidado materno.

No es que los papás seamos innecesarios, nuestro papel puede activar negativa o positivamente otras áreas del desarrollo, pero lo cierto es que en experimentos de laboratorio con animales, si la madre es desidiosa, los críos volverán tímidos, poco adaptables y nerviosos, en cambio si es cariñosa, los críos son más curiosos, estables  y nada neuróticos. Lo más importante de estos experimentos es que se ha demostrado que el cuidado materno llega incluso hasta el ADN, estimulando ciertos genes y apagando otros.

Lo primero que hay que plantear es la posibilidad de que la atención afectiva de los críos no sea sólo una responsabilidad materna sino que se lleve a cabo en conjunto por la pareja, es decir, si, como parece, la función tradicional materna juega un papel fundamental en el desarrollo de los hijos, y reconociendo que las mujeres tienen el derecho de desarrollarse educativa y laboralmente tanto como los varones, es necesario replantear el papel de los hombres en el proceso formativo de los hijos y analizar el derecho laboral para permitir que las parejas y no sólo las mujeres realicen en el trabajo afectivo y educativo de los hijos. Por otra parte, si consideramos fundamental el acompañamiento materno, los varones debemos contribuir para que ello sea posible, con las labores domésticas. De lo contrario más que hablar de liberación femenina parecería que hemos estado propiciando la sobre explotación femenina, y especialmente de las mamás. La contribución paterna debiera ser tal que tener padre sea tan importante como tener madre.