Retrato deslavado de una Francia convulsionada

 

Mencionado de refilón por el gran Stefan Zweig en su extraordinaria biografía Fouché, el genio tenebroso, en derredor del ambicioso y maquiavélico político que ejerció su inclemente poder durante la Revolución francesa y el imperio napoleónico ––modelo de muchos políticos cínicos, logró todavía extender sus opresivos tentáculos hasta la restauración monárquica––, Eugène-François Vidocq fue un muy famoso delincuente que pasó a historia por haberse escapado muchas veces de la justicia, seguir los pasos del libertino Marqués de Sade y figurar como uno de los primeros investigadores privados que inspiraron a memorables escritores como su amigo Honorato de Balzac y el norteamericano Edgar Allan Poe. Se sabe incluso que sirvió de modelo para el protagonista y el antagonista, Jean Valjean y su obsesionado persecutor Javert, de Los miserables, de Victor Hugo.

Con los antecedentes cinematográficos de Un escándalo en París de Douglas Sirk en 1946 y el más declaradamente biográfico Vidocq: El mito de Pitof en 2001 que protagonizó  Gérard Depardieu, el más bien desigual Jean-François Richet ha vuelto a interesarse, con su más reciente El emperador de París (Francia, 2018), en este huidizo escapista que logró burlar  las más grandes penitenciarías francesas de la época. Una leyenda de los bajos fondos parisinos, de los nauseabundos subterráneos novelados por Victor Hugo, Richet comienza su algo más disfrazado biopic precisamente tras su última gran fuga, cuando es lanzado de un galeote con grilletes en las piernas y lo dan por muerto. Quien intenta pasar inadvertido tras el disfraz de un simple comerciante, el expresidiario confirma una vez más, como lo hace el propio Jean Valjean, que su pasado lo persigue ––es acusado por un asesinato que no cometió–– y no le queda más que hacer un trato con el ambicioso jefe de la policía Monsieur Henry: con su conocimiento de causa, combatir a la mafia, a cambio de su amnistía.

Entre la historia y la leyenda, y si bien la película de Richet logró importantes premios en renglones como los diseños de fotografía, vestuario y de arte por sus impecables decorados, lo cierto es que la historia misma no acaba de enganchar al espectador por la tibieza en el tratamiento de muchos de sus personajes con exagerada carcasa arquetípica y por lo mismo débil solvencia humana. Más preocupado por construir otro thriller más donde dominan las escenas de riñas callejeras, el realizador francés ha desaprovechado una muy suntuosa inversión que por otra parte consigue impecables reproducciones de contrastantes espacios del submundo parisino y el derroche palaciego ––de trasfondo, el Arco del Triunfo a medio hacer––, que bien hubieran podido tener un mayor impacto si hubieran sido vehículo para contextualizar una muy interesante época cargada de toda clase de vetas y de intríngulis, de vicisitudes y de desafíos. El mismo protagónico Vidocq al que da vida extraordinariamente Vincent Cassel, y no digamos el citado Joseph Fouchet que encarna con recia personalidad Fabrice Luchine, o incluso las rivales heroinas que interpretan las hermosas y probadas actrices escocesa Freya Mavor y ucraniana Olga Rurylenko, tienen la ingrata misión de interpretar a dos personajes de los que logramos tener apenas sus siluetas, sobre todo en el caso de la segunda en figura y voz de una arribista baronesa De Giverny de la que poco o nada llega a saberse en el más bien superficial tratamiento de los firmantes del guión Éric Besnard y el mismo Richet.

La película de Jean-François Richet consigue una tibia aproximación al sujeto en custión, que por otra parte fue el fundador de la Sûreté Nationale. Si acaso un folletín de aventuras, el también aquí coguionista se queda apenas en la epidermis de un personaje y una época de los que se creía iba a sacar mayores brillo y provecho, porque hay tela de dónde cortar y tuvo a la mano amplios recursos para hacerlo. Si la inversión y el casting estaban a la altura, no así el libro cinematográfico que incluso sabemos se escribió a partir de las mismas Memorias de Eugène-François Vidocq, pero tampoco sin la intención de contextualizar ni de ir muy a fondo. Un error sería decir que la cinta no está hecha con oficio, con un equipo de colaboradores en la producción que han mostrado ser talentosos, pero la historia contada, repito, se queda en la superficie, quitándonos el aliento sólo la impecable reproducción de época y de los escenarios retratados, y por supuesto el trabajo no menos esforzado e intachable de una sólida nómina de formidables histriones. Completan ese profesional reparto de primeros actores, Dennis Ménochet como un envidioso Dubillard, August Diehl como el desagradecido antagónico Nathanael de Wenger y el polifacético James Thierrée como el duque de Neufchâteau.

Siendo una época tantas otras veces retratada, en algunas con mejor fortuna que en otras, Jean-François Richet acabó por volver a apostar por un thriller más de acción que también igual va a ritmo pasmoso. Tratándose además del primer arriesgado criminólogo de la historia, creador de modernos métodos de investigación y de alguna manera padre de la ciencia forense ––tras la resolución de innumerables casos delictivos que su buen olfato consiguió esclarecer con éxito––, lo cierto es que El emperador de París termina más bien por pasar sin pena ni gloria, cuando su realizador tuvo en sus manos material más que de sobra para haber hecho una gran película de época. Una vez más, mucho ruido y escasas nueces.