Poeta, narradora, maestra y viajera, Adela Palacios nació en 1908 y vivió casi cien años con la pluma en la mano. De sus apuntes autobiográficos Los palacios de Adela (1986), transcribo un par de fragmentos:

El elefante. En 1922 Rufino Tamayo fue mi maestro de dibujo en la Escuela Normal para Señoritas. El ahora famoso pintor era muy joven.

“Tamayo me puso TI (trabajo incompleto) cuando terminó el curso, es decir: me reprobó.

“Entonces me encantaba pintar. Todas las tardes hacía hermosas acuarelas con motivos marinos brotados de mi imaginación.

“El día del examen el profesor Tamayo nos ordenó dibujar un friso empleando los cinco elementos de la pintura mexicana: línea recta, inclinada, curva, quebrada y espiral.

“Para mí aquello resultaba muy fácil por lo que, con los requisitos solicitados, hice un marco y en el centro pinté un elefante azul comiendo amapolas.

“Yo no sé si el maestro se sintió aludido (azuleaba de moreno), pero el resultado fue el funesto TI.

“Dos meses después presenté examen extraordinario de dibujo y mi trabajo mereció no sólo calificación máxima sino el honor de ser enviado a Bruselas para formar parte de una exposición permanente de pintura infantil.

“Me habría gustado pintar como Dalí porque soy soñadora y tengo alucinaciones coloridas y amo la magia del absurdo pero, indignada con mi maestro de dibujo Rufino Tamayo, desistí de ser su competidora.

“El pescador: En 1928, ya con mi título de mestra, tuve que radicar en Navojoa, Sonora, donde mi padre era generente de la sucursal del Banco de México.

“Tras de angustiosas súplicas que duraron tres meses conseguí que me dejara trabajar y fui maesta del sexto año de la única escuela para niñas de aquella población. Por primera vez en mi vida me sentí satisfecha porque educaba fervorosamente a un grupo de criaturas ávidas de mis lecciones. Nos amábamos.

“El día 17 de julio de aquel año, llegó a Navojoa la noticia del asesinato de Álvaro Obregón ocurrido en el restaurante La Bombilla de la Ciudad de México, y no olvido cómo las familias salían a la calle gimiendo y gritando:

“–¡Mataron al dios de esta tierrra!

“Muchas veces yo había visto al general Obregón comiendo en Delmónicos (la mejor fonda del pueblo) rodeado de políticos importantes y de mi padre, y hasta llegué a oírlo charlar, pero me disgustaba aquel señor manco de grandes bigotes entrecanos y ojos azules porque en una excursión que hicimos mi familia y yo, invitados por él, en su modesto yate Yavaritos, lo vi pescar animales marinos y, tras cortarles a machetazos las colas, volverlos vivos al agua para que los devoraran otros peces.

“A partir de entonces lo juzgué un enano moral. No soporto a los crueles, me enferman.”

 

Novedades en la mesa

Una amaba el dinero, otra amaba el poder y la tercera amaba a su país. Esta es la historia de Las hermanas Soong (Taurus) novela histórica de Jung Chang.