In memoriam: José Luis Ibáñez,

 

Conocí al sobresaliente director, escritor y académico veracruzano José Luis Ibáñez (Orizaba, 1933-Ciudad de México, 2020) en casa de David Antón y Fernando Vallejo, debió haber sido por allá a finales de la década de los setenta, pues era muy amigo sobre todo de David y los visitaba mucho en su famoso departamento de las calles de Ámsterdam, en la Hipódromo Condesa, donde coincidimos muchas veces. Si bien años después fui alumno de Letras Hispánicas en la UNAM, no dejé de asistir a su famosa cátedra en torno al teatro español del Siglo de Oro en la carrera de Literatura Dramática y Teatro, en la misma Facultad de Filosofía y Letras, tan prestigiada como la que igual cursé sobre Calderón de la Barca que impartía la gran “Margo” Glanz. ¡Cómo olvidar aquellos maravillosos años de formación universitaria, entonces todavía con una numerosa pléyade de ilustres personajes!

Uno de los miembros más jóvenes en integrarse al ecléctico e ilustre grupo Poesía en Voz Alta que en la propia UNAM habían detonado personalidades como Alfonso Reyes, Octavio Paz, Juan José Arreola, Juan Soriano, Leonora Carrington, Elena Garro, Juan García Ponce y Carlos Fuentes, Ibáñez había formado parte de la primera generación de la carrera de teatro de la que siempre fue su alma mater y a la cual estuvo estrechamente vinculado por más de medio siglo. Con sus contemporáneos Héctor Mendoza y Juan José Gurrola integraron una nutrida, ecléctica y valiosa generación de profesionales del teatro, culta y muy bien documentada, cuyos talentos y saberes varios les permitía a sus miembros  involucrarse  de lleno a lo largo de todo el proceso creativo, desde la escritura, la traducción (el teatro isabelino y Shakespeare conformaron otra de sus grandes pasiones y especialidades), la cátedra, el montaje y en algunos casos hasta la actuación.   ​

Artífice de infinidad de célebres puestas, un lugar aparte tiene su notable y celebratoria gran escenificación del más conocido auto sacramental de sor Juana Inés de la Cruz,  El divino Narciso, cuya edición constituye ya un documento obligado de consulta. Siendo una de sus especialidades, del citado teatro español del Siglo de Oro merecen especial mención, por ejemplo, sus hermosos e impecables trabajos con La vida es sueño, de Calderón de la Barca, o La moza del cántaro y La gatomaquia, de Lope de Vega, siempre resultado de concienzudos estudios de taller, porque el texto representaba para él algo así como un templo. La propia Margo Glanz, quien ha sido además editora de lujo con nuevas publicaciones académicas del propio teatro español del Siglo de Oro donde es toda una autoridad, ha considerado varios de los arriba mencionados trabajos auténticos ejemplos de elocuentes lectura e interpretación, con el original siempre como elemento indiscutible de culto. Admirador del archimandrita don Pablo de Ballester, el teatro clásico griego tampoco le fue ajeno, y en esta otra especialidad merece especial mención su estupenda lectura de Electra, de Sófocles.

En lo que respecta a los teatros moderno y contemporáneo, pues José Luis Ibánez fue un hacedor siempre activo e inquieto, merecen especial crédito sus celebradas puestas de Tartufo, de Molière, o de Asesinato en la catedral, del esencial gran poeta británico-estadounidense T. S. Eliot, o del ya clásico Las criadas, del polígrafo francés de ruptura Jean Genet, o de Isabel de Inglaterra, del búlgaro Ferdinand Bruckner, o de Las mariposas son libres, del norteameriano Leonard Gershe, que el griego-estadounidense Milton Katselas había llevado con enorme éxito al cine en 1972. Otros sonados triunfos suyos posteriores fueron Alerta en misa, del también norteamericano Bill C. Davis, que en 1983 significó (recuerdo la elogiosa crítica de Rafael Solana, con quien por cierto la vi) la consagración de Enrique Álvarez Félix como primer actor de carácter, en atrevido mano a mano con el para entonces ya consagrado Augusto Benedico; o el controvertido drama M. Butterfly, del chino-estadounidense David Henry Hwang (el premiado realizador norteamericano David Conenberg lo llevó con fortuna al cine), con escenografía de su cómplice en tantos y tantos circulares montajes, el de igual modo talentoso y siempre entrañable David Antón.

Director de cabecera de Silvia Pinal desde la década de los setenta, con la célebre primera actriz tuvo otros enormes aciertos, como Vidas privadas, del inglés Noël Coward, o los éxitosos musicales de Broadway Mame y Un gran final, o el estreno mundial de La señorita de Tacna, con el respaldo absoluto de su autor, el célebre narrador y ensayista Mario Vargas Llosa. Igual estrenó La muerte se va a Granada, hermoso y muy bien documentado homenaje que Fernando del Paso escribió para el centenario del inolvidable gran poeta y dramaturgo andaluz Federico García Lorca en 1998. De igual modo vinculado al cine desde la década de los sesenta, como director y como escritor, se había iniciado en el séptimo arte con Las dos Elenas, película con la cual participó en el Concurso de Cine Experimental, con guión de Carlos Fuentes, a partir de un cuento homónimo del propio autor de Terra Nostra. Y cómo olvidar su incursión más que afortunada en ese gran espectáculo sin límites que la ópera, con dos clásicos de la lírica italiana como La traviata, de Verdi, y La bohemia, de Puccini.

Con la muerte de José Luis Ibáñez se va uno de los teatristas y académicos más presentes en el quehacer escénico universitario de la segunda mitad del siglo XX, director que igual tuvo enormes triunfos en los llamados teatros culto y comercial, porque para él todo se reducía al teatro de calidad bien ejecutado. En el terreno del teatro en verso, una de sus mayores querencias y especialidades, fue un imprescindible maestro para muchos actores y colegas suyos que querían acceder a esta siempre difícil y riesgosa vertiente escénica que exige muchos estudio y oficio, rigor y dedicación, y que no todas las veces los más entienden que representa una escuela incuestionable para cualquier director o actor que pretenda hacer una sólida carrera no sólo en el teatro. ¡Descanse en paz!