Al noble escocés Walter Scott (15 de agosto de 1771-21 de septiembre de 1832), considerado iniciador de la novela histórica, se dice que la ruina económica lo empujó a escribir novelas y relegar la poesía, su verdadera pasión. A él le debemos el rescate de leyendas que convirtió en libros entrañables como Rob Roy, El anticuario y la historia del héroe cruzado que no le teme a nada, Ivanhoe, de la que transcribo las primeras líneas.

“En la hermosa comarca de la alegre por la que el río Don pasea sus tranquilas aguas, había antiguamente una dilatada selva que se extendía por la mayor parte de los hermosos valles y colinas que median entre Sheffield y la linda ciudad de Doncaster. Vense aún los restos de un espeso bosque en los dominios de Wentwort, de Warncliffe-Park y al rededor  de Rotherdham. Aquellos lugares fueron también teatro donde la superstición hizo figurar sus quimeras maravillosas, y en los que ocurrieron, durante las guerras civiles, varios sucesos importantes. Allí vivió alimentándose de sangre el dragón de Wantley; allí se libraron algunas de las más encarnizadas batallas en tiempos de las guerras civiles de las Rosas; allí, en fin, fue donde, por su intrepidez, se significaron las gavillas de bizarros bandidos, cuyas hazañas supieron inspirar tantas canciones a los poetas de aquel tiempo.

“Tal es el teatro de los sucesos que nos proponemos relatar, cuya época remóntase a los últimos años del reinado de Ricardo I, cuando los deseos de sus afligidos vasallos eran superiores a la esperanza de que regresase a Inglaterra, después de tan largo cautiverio, por hallarse sometidos también a una opresión, que, por ser ejercida por manos subalternas, era doblemente insufrible. Los nobles, cuyo poder habíase acrecentado de un modo extraordinario durante el reinado de Esteban, y a quienes el prudente Enrique II había reducido a cierta sumisión y obediencia, habían recobrado y extendido su antiguo predominio; y no satisfechos con despreciar la autoridad, cada vez más débil, del Consejo de Estado de Inglaterra, no se ocupaban más que de fortificar sus castillos y posesiones, en aumentar el número de súbditos, en reducir a vasallaje a sus vecinos y en consolidar su poder por todos los medios que a su alcance tenían a fin de ponerse al frente de fuerzas lo suficientemente numerosas que les permitieran tomar parte principal en las convulsiones intestinas que por todas partes se perpetraban.

“Incierta y peligrosa había llegado a ser la situación de los hidalgos llamados en aquella época franklines, los cuales en virtud de la ley y del espíritu de la constitución inglesa, tenían derecho a ser independientes de la tiranía feudal. Si se ponían, como más comúnmente ocurría, bajo la protección de alguno de los reyezuelos del país inmediato a sus posesiones; si aceptaban algún cargo o empleo feudal en la servidumbre de aquellos magnates; si por cualquier tratado de alianza y protección se obligaban a ayudarlos y sostenerlos en sus empresas, podían gozar de algunos intervalos de quietud,  quietud que les costaba el sacrificio de la independencia que tan preciosa es a los ojos de un verdadero inglés, exponiéndolos además al riesgo de hallarse envueltos en la primera expedición temeraria que emprendiese el protector cuya causa habían seguido…”.

 

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