“En la literatura sueca, Agnes von Krusenstjerna (Estocolmo 9 de octubre de 1894-10 de marzo de 1940) abrió el camino para que escritoras posteriores pudieran explorar la identidad sexual y escribir libremente sobre el cuerpo y el erotismo de las mujeres”, dice Petronella Zutterlund, traductora de la obra de la escritora sueca, en la introducción del volumen de cuentos Alrededor de las rejas (colección Relato Licenciado Vidriera, UNAM). Transcribo las primeras líneas del cuento de da título al libro.
“La señorita Signe Holm caminó lentamente hacia la gran puerta enrejada del hospital psiquiátrico. Ese día el aire se sentía muy curioso en el rostro. Había salido varias veces en compañía de los otros pacientes, pero entonces era como si no hubiera podido realmente inspirar el aire. Respiró hondo y se dio la vuelta mirando hacia el complejo del hospital. El edificio yacía allá, pesado y enorme, en el amanecer gris del otoño. Lo miró durante largo rato, pensativa. Conocía la vida que se llevaba detrás de los cristales de las pequeñas ventanas, detrás de las puertas cerradas. La dieron de alta ese día, pero el médico de ojos buenos y amables con su pluma que raspaba rápidamente no había podido tachar sus recuerdos.
“Pues también existían recuerdos que quisiera guardar; no todos estaban llenos de terror. Alguien le había acariciado el cabello cuando había estado más desesperada; una mano que los paños de cocina y los cepillos gruesos no hubieran podido hacer menos suave se había deslizado sobre su mejilla; de vez en cuando, durante las largas horas de la noche, alguien se había inclinado sobre ella, y recordaba el rostro iluminado por la luz de la lámpara. En este tiempo había aprendido a apreciar el traje azul con el delantal blanco; cuando lo había vislumbrado en lo profundo del pasillo, la voz, aquella voz alegre y alentadora, tampoco había estado muy lejos. Pero existían otros recuerdos. Tiritó y volvió a caminar vereda abajo.
“Uno de los pacientes la estaba esperando allá abajo. Era una vieja señora con una mirada triste y un poco ausente en los ojos pálidos. Había andado por el parque intentando juntar un ramo de flores otoñales. Las extendió: el capullo de una rosa marcado por la escarcha, algunos asteres con los pétalos arrugados como papel de seda.
“—Adiós, señorita —dijo—. Gracias por haber sido tan buena conmigo. Pero —añadió de pronto con la boca junto al oído de la otra—¡tenga cuidado allá afuera! Los humanos son malos… ¡Malos! ¡Uñas y dientes!
“Y la vieja señora hizo una mueca que expresaba al mismo tiempo odio y temor.
“La señorita Holm miró hacia abajo, a la mochila que le pesaba en los brazos, y después a través de las puertas enrejadas hacia la ciudad, que a la distancia levantaba sus torres y hastiales afilados. Era como salir de viaje. Aún tenía su pequeña habitación allá lejos. Ahora, pasados los meses, de nuevo podría tomar posesión de ella, y luego podría conseguir algún trabajo. Sentía un anhelo intenso por esa habitación. Después de todo era suya. Había pagado para poder quedarse con ella, porque no sola.
“—Adiós —dijo de prisa y levantó con un ademán exageradamente desenvuelto la pequeña mochila.
“El viejo portero hizo una señal con la cabeza tocándose el gorro como saludo de despedida. Había visto a tantos salir por esas puertas enrejadas y a tantos entrar: algunos gritando y agitando los brazos, otros encogidos con rostros fantasmales. Su tarea sólo era la de abrir y luego cerrar, abrir y luego cerrar; asegurarse de que nadie no autorizado entrara y que ningún residente saliera…”
Novedades en la mesa
Llega a las librerías La sangre manda (Plaza y Janés), Stephen King, con la detective Holly Gibney a la cabeza de una sangrienta investigación.
