Decía José Ortega y Gasset que el orden no es una imposición desde fuera de la sociedad sino un equilibrio desde dentro. Y es que la ilusión de la que la sociedad puede ser representada, equilibrada por un puñado de gentes no es nueva, y esta ilusión ha conllevado a que cada gobernante se perciba como el representante verdadero del pueblo, de su sentir, de sus expectativas y sus necesidades. Si así fuera podríamos encontrar al gobernante perfecto.
Pero el pueblo no es una masa uniforme que actúa de la misma manera ni es un grupo que tiene los mismos intereses y qué piensa de manera homogénea. No es posible que miles o millones de individuos con libre albedrío actúen y piensen siempre de la misma manera, y que por tanto uno de ellos o un pequeño grupo pueda actuar como su representante. Ni siquiera podemos definir con claridad lo que es el pueblo, ¿no lo somos todos?
Así como no existen existen valores y proyectos que puedan evaluarse absolutamente mejores que otros, sino que son diferentes horizontes, distintas visiones de futuro. así, la lucha por la representatividad es a fin de cuentas una competencia para elegir el mejor proyecto, el menos malo, el que pueda representar a más ciudadanos.
Sin embargo, las sociedades se han enriquecido en diversidad, estamos muy lejos de contar con dos grupos, los pobres y los ricos, o los patrones y los trabajadores, o los educados y los maleducados, los de derecha o los de izquierda. Las sociedades han evolucionado y las fronteras entre categorías son cada vez más nebulosas.
Hay pobres de derecha y ricos de izquierda, empleados ricos y patrones pobres, intelectuales corruptos y gobernantes honestos, en todas las categorías hay de todo y ello no es una desgracia, constituye una riqueza.
Por ello ninguna sociedad es homogénea ni puede ser representada de manera simple porque se trata de un conjunto muy heterogéneo de actores sociales con diferentes, y hasta opuestos, puntos de vista, formación y visiones del desarrollo, diferentes valores, religiones y convicciones políticas, y sin embargo, todos valiosos.
En la familia encontramos que no todos piensan igual ni tienen los mismos intereses, no todos votan por el mismo partido político ni los impulsan las mismas razones. Lo que encontramos en todas las familias es una diversidad en la que hay acuerdos en algunas cosas y desacuerdos en otras. Siempre hay miembros más conservadores, más religiosos, otros más de izquierda, otros, con preferencia sexual diferente. Si nos remitimos a grupos más numerosos, como un salón de clase, la escuela, el barrio, la ciudad, el país o el mundo, lo que permanece no es la homogeneidad sino la diversidad.
Todos pertenecemos a muchos y diferentes grupos: desde los amigos cercanos, la escuela o el trabajo, y en cada uno jugamos diferentes roles. Mientras que en algunos somos los conservadores en otros podemos aparecer como radicales, en algunos podemos ser los más humildes y en otros los más orgullosos, en algunos los líderes y en otros los seguidores.
Esta diversidad se manifiesta tanto si hablamos de política como si hablamos de religión, de deportes e incluso de gustos en general.
En todos los grupos sociales hay quienes protestan más, los que gritan más, los que se oponen a casi todo, los que conceden por no batallar. Y cada individuo también cambia con el tiempo. Los soberbios pueden no serlo toda la vida, los humildes podrán tiempo después ser soberbios, los más inteligentes en un grupo y una época podrán ser los menos en otro tiempo y con otras personas. Pero, claro, también están los que nunca cambian. Y también los que siempre aplauden los que siempre están en favor del sistema quienes siempre quieren acomodarse en algún puesto también y camian de partido político de acuerdo a las condiciones que más les favorecen. Todos son ciudadanos que, si bien pueden constituir una mayoría, con el tiempo se convierten en minorías.
En México tenemos una tradición en la que la se pregona la democracia, pero se es absolutamente vertical. Falta tolerancia, pluralidad y respeto hacia otros puntos de vista. Quizá lo anterior sea en parte una herencia cultural del autoritarismo en la historia del país, pero ello no es pretexto para no transitar hacia nuevos escenarios, más tolerantes y más prudentes, más razonables y racionales que permitan discutir productivamente los asuntos de interés colectivo, para fomentar el estado de derecho y una cultura política de civilidad, sin esta última, no es posible una convivencia pacífica, e implica el reconocimiento del derecho a ser diferente, a pensar diferente, y la obligación de aceptar que cualquier adversario tiene razones válidas e inteligentes para serlo.
Urge el ejemplo de la prudencia política.
