El estudio de la religión le dio a Isaac Bashevis Singer (21 de noviembre de 1902-24 de julio de 1991) las herramientas para crear una obra literaria arraigada en los libros sgrados y escrita en idioma yidis, que le valió no sólo millones de lectores, sino el Premio Nobel de Literatura (1978). Transcribo las primeras líneas de Un día de placer (Bruguera, 1979), que reúne relatos acerca de la infancia del autor.

“Nací en el pueblo de Radzymin, cerca de Varsovia, la capital de Polonia. Mi padre, Pinchos Menachem Singer, era rabino y hombre de acendrado espíritu religioso. Tenía roja la barba, largas patillas negras y ojos azules. Mi madre, Bathsheba, era hija del rabino de Bilgoray, poblción situada en las cercanías de Lublín. Mi madre tenía el cabello rojo, que llevaba muy corto y cubierto con peluca, como solían las mujeres casadas piadosas.

“A principios de 1908, cuando yo contaba tres años de edad, mis padres se trasladaron de Radzymin a Varsovia. En la capital, mi padre estableció su sede rabínica en una calle de gentes muy pobres, la calle Krochmalna. El edificio de viviendas en el que crecí merecería, en Norteamérica, el calificativo de mísero, pero, en aquellos tiempos, no nos parecía tan malo como eso. Por la noche, una lámpara de petróleo iluminaba nuestra vivienda. No estábamos habituados a comodidades tales como el baño o el grifo de agua caliente. El retrete se encontraba en el patio.

“Casi todos los vecinos de la calle Krochmalna eran pobres, tenderos o trabajadores, pero, entre ellos, había también muchos estudiosos de humanidades, así como golfos entregados al ocio, delincuentes y gente del hampa.

“Cuando contaba unos cuatro años de edad, comencé a ir al cheder, la escuela primaria en que nos enseñaban los rudimentos de la Biblia. Todas las mañanas, un ayo venía a la casa para llevarme allá. Iba, yo, con un libro de oraciones en la mano, y, más adelante, con una Biblia o un volumen del Talmud. Estos fueron los únicos textos escolares que conocí. En el cheder, la enseñanza que recibíamos era fundamentalmente religiosa. Nos enseñaban a rezar y a leer el Pentateuco. También aprendíamos a escribir en yiddish. Mi primer maestro fue un anciano de blancas barbas.

“Tenía un hermano menor, Moshe, que era todavía un niño de cuna cuando nos trasladamos a Varsovia; una hermana, Hinde Esther, 13 años mayor que yo, y un hermano, Israel Joshua, que me llevaba 11 años. Todos los hermanos, menos Moshe, fuimos escritores, al paso del tiempo. La novela de mi hermano Los hermanos Ashkenazi ha sido traducida a varios idiomas, entre ellos el inglés. Escribía en yiddish, lo mismo que yo.

“En nuestro hogar se rendía culto al estudio. Mi padre se pasaba el día estudiando el Talmud. Y mi madre, en cuanto tenía un minuto libre, leía libros piadosos. Los otros niños tenían juguetes, pero yo jugaba con los libros de mi padre. Comencé a “escribir” incluso antes de aprender el alfabeto. Mojaba la pluma y garrapateaba. También me gustaba dibujar, dibujar caballos, casas, perros… La fiesta del Sábado constituía para mí una tortura, debido a que está prohibido escribir en dicho día”.

 

Novedades en la mesa

 

Con Nuestra parte de noche (Anagrama), un periplo por los años de la junta militar, la argentina Mariana Enriquez obtuvo el Premio Herralde de Novela 2020.