De la mano del Zurdo Mendieta, un detective rudo que se aferra al diván del psicoanalista, Élmer Mendoza (Culiacán, Sinaloa, 6 de diciembre de 1949) entró de lleno a la narrativa policiaca. Transcribo las primeras líneas de su premiada novela Balas de plata.
“Sala de espera. La modernidad de una ciudad se mide por las armas que truenan en sus calles, reflexionó el detective sorprendido por su insólita conclusión, ¿qué sabía él de modernidad, posmodernidad o patrimonio intangible? Nada. Soy un pobre venadito que habito en la serranía. Ver al terapeuta lo ponía nervioso y mataba el tiempo pensando en todo, menos en lo que debía enfrentar. ¿Cómo se escabecha en París, Berlín o islas Fidji? De una puerta ocre mal pintada salió una joven despeinada con cara de trer una mascarilla de huevo. Sin saludar, siguió rumbo a las escaleras.
“Entró. El despacho olía tanto a tabaco que quitaba el deseo de fumar. El terapeuta, después de un vistazo a su libreta de notas, fue al grano: Me sorprende el bajo perfil de tu instinto de conservación, ¿cómo es posible que no dieras un pataleo? ¿Podría usted haber dicho que no?, yo no; era un niño y no pude salir corriendo o gritar, no pude; ¿cree usted que un mocoso de nueve años reaccione para salvarse cuando se ha convertido en un monigote asustado?, yo no; perdí el valor, quedé paralizado, convertido en un títere; y aunque usted insista, no puedo con mi condición de individuo abusado; lo medito, lo vuelvo a meditar y no, no voy a aceptarlo como si me hubieran dado una palmada en la espalda.
“Era el punto de quiebre y durante poco menos de dos años lo había repetido mientras hablaba de olores, sonidos, luz opaca. Odio la música de Pedro Infante. Eso no me lo habías contado, el doctor Parra encendió otro cigarrillo, ¿a él le gustaba? No escuchaba otra cosa y también veía sus películas; hablaba de ellas como si fuera la última cerveza del estadio; un par de veces, antes de que ocurriera, me llevó al cine; la pasé bien; ahora ese recuerdo me duele. ¿Te compró palomitas? No, o en todo caso lo he olvidado, ¿Debo recordar eso también?, está incluido en el pacto degenerativo del que me habló la otra vez? No necesariamente, las palomitas son parte de la memoria permanente, generalmente inofensiva; sin embargo, en este caso, dado su origen, podrían ser un elemento presente en la bolsa de intoxicación o espacio basura, en todo lo que vuelve a un sujeto ajeno a su historia personal.
“El detective posó los ojos en el libro a su derecha. ¿Se acuerda por qué me hice policía? Más o menos. Pues cada vez estoy más seguro de por qué elegí esa profesión. Refréscame la memoria. De niño quería ser cura, hizo una larga pausa, Parra anotó en su libreta, Enrique andaba con la onda de ser bombero, aviador, investigador submarino, todo eso que les gusta a los niños; yo no, mi deseo era convertirme en misionero en África o algo así, pausa, y vea en lo que paré. No te va mal. Tampoco tan bien y no creo, como usted dice, que me hice poli para proteger a los débiles y hacer justicia; quería ganar dinero fácil y largarme de aquí lo más pronto posible. Sin embargo te quedaste. A todo se acostumbra uno. Y te enemistaste con los que podían enriquecerte rápido. Qué más da, la vida es una tómbola”.
Novedades en la mesa
Los vagabundos de la cosecha (Libros del Asteroide) reúne la serie de reportajes de John Steinbeck acerca de la vida de los trabajadores temporales del campo californiano. Tales escritos fueron el punto de partida de su novela Las uvas de la ira.
