La correspondencia del poeta Rainer María Rilke (Praga, 4 de diciembre de 1875 – Valmont, 29 de diciembre de 1926) ha tenido una trascendencia enorme en los escritores del siglo XX en adelante. Sus Cartas a un joven poeta, diez misivas enviadas entre 1903 y 1908 a Franz Xavier Kappus, un antiguo conocido del colegio militar (del que Rilke desertó) que se iniciaba como escritor, siguen siendo guía para los autores de todas las edades. Transcribo unas líneas de la primera carta, tomada de la edición de La nave de los locos, 1981, con presentación de Bernardo Ruiz.

“[…] Usted pregunta si sus versos son buenos. Usted me lo pregunta. Ya lo ha preguntado a otros. Usted los envía a revistas. Usted los compara con otros poemas y usted se alarma cuando algunas redacciones descartan sus ensayos poéticos. En lo sucesivo (ya que me permite aconsejarlo) le suplico renuncie a todo eso. Su mirada está dirigida hacia afuera; sobre todo, es lo que debe evitar en lo sucesivo.

“Nadie le puede dar consejo o ayuda. No hay más que un solo camino. Entre en usted mismo, busque la necesidad que lo obliga a escribir: examine si sus raíces penetran hasta lo más profundo de su corazón. Confiésese a usted mismo: ¿Moriría si le estuviese vedado escribir? Sobre todo esto: pregúnteselo en la hora más silenciosa de la noche: ‘¿verdaderamente me siento apremiado para escribir?’ Hurgue en sí mismo hacia la más profunda respuesta. Si es afirmativa, si puede enfrentar una pregunta tan grave con un fuerte y simple: ‘Debo’, entonces construya su vida de acuerdo con esta necesidad.

“Su vida, hasta en los momentos más indiferentes, los más vacíos, debe convertirse en signo y testimonio de tal impulso. Entonces, acérquese a la naturaleza. Intente decir, como si usted fuera el primer hombre, aquello que usted ve, vive, ama, pierde. No escriba poemas de amor. Evite de inmediato los temas más comunes: son los más difíciles. Ahí donde las tradiciones se han manifestado seguras, numerosas, a veces brillantes, es donde el poeta debe aguardar la madurez de su fuerza. Huya de los grandes temas, escoja los que la cotidianeidad ofrece. Diga sus tristezas y deseos, los pensamientos que lleguen a su cabeza, su fe en una belleza. Diga todo esto con una sinceridad íntima, tranquila y humilde. Use para expresarse las cosas que lo rodean; las imágenes de sus sueños, los objetos de sus recuerdos. Si su cotidianeidad le parece pobre, no la culpe. Cúlpese a sí mismo de no ser lo suficiente poeta para encontrar sus riquezas. Para el creador nada es pobre, no hay lugares pobres ni indiferentes. Aun si estuviera en una prisión donde los muros acallaran todos los ruidos del mundo, ¿no podría recurrir a su infancia, esa preciosa, esa imperial riqueza, ese tesoro de recuerdos? Envíe allá su espíritu. Intente sacar a flote las impresiones sumergidas de ese vasto pasado. Se fortalecerá su personalidad, su soledad se poblará y se convertirá en una morada en las horas inciertas del día, cerrada a los ruidos del mundo. Y si de regreso a usted mismo, de esa inmersión en su propio mundo, vienen a usted los versos, entonces usted no soñará con preguntar si son buenos esos versos. No tratará de interesar a las revistas con esos trabajos porque usted disfrutará como de una posesión natural, que le será querida como uno de sus modos de vida y expresión.

“Una obra de arte es buena cuando nace de la necesidad. Es la naturaleza de su origen quien la juzga […]”

 

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