John le Carré (19 de octubre de 1931-12 de diciembre de 2020) nos mostró cómo el espionaje en una guerra fría entraña una maldad que puede ser más ruda, mortífera y devastadora que la de una guerra armada. La inteligencia no siempre corresponde a un cuerpo atlético y la acertividad en una materia no suele extenderse a las relaciones amorosas. Transcribo las primeras líneas de El espía que surgió del frío (Club Bruguera, 1980, traducción de Nieves Morón), la novela que le permitió dejar el servicio diplomático británico para dedicarse por enetero a la literatura.

“El americano ofreció a Leamas otra taza de café, y dijo:

“—¿Por qué no se vuelve a dormir? Podemos telefonearle si aparece.

“Leamas no dijo nada: se quedó mirando absorto por la ventana del puesto de control, a lo largo de la calle vacía.

“—No irá a quedarse esperando aquí para siempre. Quizás venga en algún otro momento. Podemos conseguir que la Polizei se ponga en contacto con la Agencia, y usted estaría aquí de vuelta en veinte minutos.

“—No —dijo Leamas—. Ya ha anochecido casi del todo.

“—Pero no irá a quedarse esperando aquí siempre; ya lleva nueve horas de retraso.

“—Si quiere irse, váyase. Se ha portado usted muy bien —añadió Leamas—; le diré a Kramer que se ha portado estupendamente.

“—Pero ¿hasta cuándo va a esperar?

“—Hasta que llegue.

“Leamas se acercó a la ventana de observación y se situó entre los dos policías inmóviles, que apuntaban sus gemelos hacia el puesto de control oriental.

“—Esperará a que oscurezca —murmuró Leamas—; lo sé muy bien.

“—Esta mañana dijo usted que pasaría con los trabajadores.

“Leamas se volvió hacia él.

“—Los agentes no son aviones: no tienen horarios. Éste está perdido, viene huyendo: está aterrorizado. Mundt va en su busca, ahora, en este mismo instante. No le queda más que una probabilidad. Que elija su momento.

“El otro —más joven— vaciló, queriendo irse, pero sin encontrar un momento oportuno para hacerlo.

“Sonó un timbre en la caseta. Se quedaron esperando, súbitamente alertados. Un policía dijo en alemán:

“—Un “Opel Rekord” negro, matrícula federal.

“—No puede verlo a tanta distancia y tan a oscuras: lo dice a voleo — susurró el americano, y luego añadió—: ¿Cómo llegó a saberlo Mundt?

“—Cierre el pico —dijo Leamas desde la ventana.

“Uno de los policías salió de la caseta y avanzó hasta la barrera de sacos de arena, a sólo un paso de la señal blanca que cruzaba el camino, como la línea límite en un campo de tenis. El otro esperó hasta que su compañero estuvo acurrucado en la barrera detrás del catalejo; entonces bajó los gemelos, descolgó el casco negro de la percha detrás de la puerta y se lo encajó cuidadosamente en la cabeza. No se sabía dónde, en lo alto, por encima del puesto de control, los focos adquirieron vida de repente, lanzando espectaculares haces a la carretera que tenían delante.

“El policía empezó sus comentarios. Leamas se los sabía de memoria.

“—El coche se detiene en el primer control. Sólo un ocupante, una mujer. Acompañada a la caseta de los “vopos” para la comprobación de documentos.

“Esperaron en silencio.

“—¿Qué es lo que dice? —preguntó el americano.

“Leamas no contestó. Levantando los gemelos, miró fijamente hacia los controles de los alemanes orientales.

“—Concluida la revisión de documentos. Pasa al segundo control.

“—Señor Leamas, ¿es ése su hombre? —insistía el americano—. Tengo que llamar a la Agencia”.

 

Novedades en la mesa

 

Un repaso de la vida en un momento límite, cuando la catástrofe es inminente, en la nueva novela de Beatriz Rivas, Lo que no he dicho, con el sello de Alfaguara.