A propósito de la fiesta de los libros que cada año convoca la FIL Palacio de Minería y que ahora (del 18 de febrero al 1o de marzo) se realiza de manera virtual, recuerdo a Esther Tusquets (Barcelona, 30 de agosto de 1936-23 de julio de 2012), la audaz editora de Umberto Eco, Milán Kundera y Quino (Mafalda). Transcribo algunas líneas de Confesiones de una editora poco mentirosa (Seix Barral, 2005).

“[…] Siempre, desde muy pequeña, me habían gustado apasionadamente los libros. Quizá sería más exacto decir que siempre, hasta donde alcanza mi memoria, me había apasionado que me contaran historias: los fantásticos cuentos que relataban mi madre y sus hermanas, unas narradoras de excepción, las truculentas historias que nunca terminaba de entender del todo que se chismorreaban en la cocina y en el cuarto de la plancha, los inefables seriales de la radio de los años cuarenta, la fascinación del cine, pero sobre todo los libros. Leía, desde que aprendí a leer, a todas horas y en todas partes, con una pasión que no he recuperado con igual intensidad en ninguna otra etapa de mi vida. Decían que era como la niña de una película, creo que de Capra, que ni para contestar el teléfono soltaba el libro que tenía entre las manos.

”Pero cuando tuve que elegir dentro de la carrera de filosofía y letras, una especialidad, no me matriculé, como todos esperaban, en una sección de lengua y literatura, sino de historia. Quería que la literatura siguiera siendo puro placer, un placer incontaminado, y no un motivo de estudio ni algo relacionado con el trabajo. No me interesaba llegar a ser profesora de literatura, crítica literaria, sesuda hispanista. Lo único que me atraía era leer y escribir. Seguramente hubiera preferido colaborar en la universidad con mi profesor Jaume Vicens Vives –que murió pocos meses después de terminar yo mi carrera– que aceptar un empleo en una editorial.

”Y entonces, el año 59, cuando acababa yo de licenciarme; mi hermano empezaba segundo de arquitectura, junto con Lluís Clotet, su socio luego durante muchos años, que desempeñó un papel importante en los primeros tiempos de Lumen; mi padre compaginaba el ejercicio de la medicina con una agencia de seguros, y mi madre –eso lo sabe cualquiera que haya leído unas pocas páginas de mis novelas– era la mujer más capacitada y más desperdiciada que imaginarse pueda; entonces, pues, nos cayó de las nubes –o irrumpió en nuestra vida desde los infiernos, cualquiera sabe– una empresa de la que apenas habíamos oído hablar (recordábamos vagamente Oscar y yo que, de niños, papá nos traía unos cuadernos para colorear que editaba uno de nuestros tíos) y que jamás se nos ocurrió iba a jugar un papel en nuestro reducido núcleo familiar: Editorial Lumen.

”Sabíamos que el hermano mayor de la encopetada y ultraconservadora familia de mi padre, el reverendo Juan Tusquets, que había estado en contacto el año 36 con los militares amotinados y mantenía relaciones con Franco, había conseguido, al comenzar la guerra, huir a Burgos, y había iniciado ahí una editorial de libros religiosos. Nunca llegué a preguntarle, quizá porque no me había planteado siquiera la cuestión, qué peregrina ocurrencia le había inducido a fundar, en plena contienda, cuando se luchaba por todos los frentes y la gente moría a mansalva y había sin duda cometidos mucho más apremiantes, una empresa de ese tipo. Tal vez temiera que, tras las nefastas enseñanzas ateas y librepensadoras (el término “librepensador”, como la supuesta conjura “judeo-masónica-marxista”, de la que hablaba mi tío en más de un libro, les estremecían de espanto) de los republicanos, se requerían urgentemente unos textos piadosos que devolvieran a la España eterna la fe de sus mayores y pusieran feliz término a tanto pecaminoso dislate […]”

 

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