En memoria de Fernando Macías Cué (18 de enero de 1960 – 8 de febrero de 2021), transcribo las primeras líneas de “Dos genios en el Michael’s Pub”, publicada en la revista Siempre (1992) e incluida en el libro Crónicas súbitas (UNAM, 2016) de Marco Aurelio Carballo.

“Quizá lo que más le impresionó a Fernando Macías Cué de Woody Allen fue su estatura. Tan pequeño es que a mi amigo, de talla regular, le daba a los hombros. Desde luego era un lunes, estábamos en el Michael’s Pub de Nueva York y por mera intuición supimos que el novio de Soon-Yi estaría ahí tocando el clarinete. En una de las guías de Manhattan se precisaba que su actuación era bastante probable, como cada lunes desde muchos años atrás, pero que igual podía no ir como en otras ocasiones, pocas. Quizá ahora, tras la tormenta desatada por la declaración pública de su amor a Soon-Yi, no asistiría a la cita con su banda, pero sí llegó. No obstante lo que hizo a Fernando irse de espaldas fue la llegada repentina de Gabriel García Márquez y de su esposa.

”Habíamos hecho la reservación por teléfono y nos advirtieron que la cena debía ser antes de las ocho y media. El espectáculo empezaría a partir de esa hora. Así que fuimos puntuales y pedimos los aperitivos y la cena con un buen vino rojo para ver al gran Woody darle al clarinete. Nos dieron una mesa que supuse demasiado alejada del escenario, cerca de la entrada, y estábamos como sesgados. Le dije a Fernando contra mi costumbre que echara mano del viejo truco de sobornar al capitán para que nos pusiera frente al escenario. Pero un paisano mesero nos dijo en español que teníamos una buena mesa porque a dos más, al frente, estaba la de Woody.

”—Mejor ni le movamos —dijo Fernando.

”En el lugar semilleno había desde luego varios japoneses. Una mesa estaba vacía entre la nuestra y la de Woody y luego, a medio espectáculo, se llenaría de argentinos bulliciosos. Woody llegó seguido por una mujer robusta, treintañera, el cabello lacio peinado de cualquier modo y con una gruesa libreta bajo el brazo. Los acompañaba un hombre robusto, alto y cal- vo de la coronilla, el cabello espeso y largo. El tipo se quitó el saco y lo encajó en el respaldo de la silla de tal forma que se le veía la borra de las hombreras. Dedujimos que ella era su secretaria y él quizá un guarura para protegerlo por si Mia enviaba a partidarios suyos a que agredieran a su ex. Después sabría que Frank Sinatra le ofreció a su ex esposa, a Mia, mandar a partirle las piernas a Woody pero ella rechazó el ofrecimiento. El escritor, actor, director de cine y clarinetista entró como una exhalación, tomó asiento, agachó la cabeza y emitió un ¡uf!, propio del alumno de escuela que llega tarde a clases, eran cuarto para las nueve. A continuación fueron desfilando, detrás de él, rumbo al escenario, los miembros de la banda incluida una mujer, The New Orleans Funeral and Ragtime Orchestra. Tomaron asiento en pequeñas sillas o bancos. Woody, que ya se había quitado el saco, hizo lo mismo y se sentó y extrajo el clarinete de su estuche.

”La gente le aplaudía cuando interpretaba un solo de blues. Al terminar cada pieza, Woody posaba los labios en el puño de la camisa, o en el dorso de la mano, como si se diera un suave beso. Ni habló ni agradeció los aplausos y al terminar devolvió el clarinete a su estuche y se retiró un tanto aprisa. Pero se detuvo a charlar con García Márquez sentándose a su mesa […]”

 

Novedades en la mesa

Novela de acción, situada en el París de entreguerras, Los fuegos de otoño (Salamandra), de Irene Nemirovsky.