Conciliar la narrativa con la vida, eso ha hecho Gerardo de la Torre (Oaxaca, 15 de marzo de 1938) en sus novelas, cuentos, guiones cinematográficos y como maestro de escritores. Su experiencia como obrero, comunista y creador es la materia de su obra. Transcribo las primeras líneas de “El Guerrero”, de la edición de la UNAM en Material de Lectura (2010).
“A los 40 años de edad, Guerrero, ya no es lo mismo. El cuerpo pierde elasticidad, los huesos se hacen frágiles y quebradizos, los reflejos se han ido al diablo y no hay músculo que te responda, te falta velocidad y, lo más importante, en algún sitio, a lo largo de la vida, de los años, del trajín de todos los días en la oficina, de la comodidad hogareña, se ha quedado la agresividad. Y el valor.
”El Guerrero sonrió y dijo que de todos modos tenía ganas, muchas ganas de participar en ese partido. Pero son jóvenes, Guerrero, veteranos de tantas batallas como nosotros, y hace dos o tres años, cinco a lo más, eran estrellas. Que yo recuerde, la última vez que te pusiste los arreos fue hace 15 años, ¿o 16, o 17? Además la técnica se ha venido perfeccionando. Los muchachos golpean mejor, conocen los puntos débiles y en una de ésas te prenden y no sabes ni cómo y allí estás conmocionado. Yo diría que lo pensaras. Claro, en nuestros tiempos se jugaba más fuerte y con menos técnica y si quieres con menos protección. Pero los golpes son golpes, Guerrero, entonces y ahora.
”Bueno, dijo el Guerrero, pero entrenando unos días me pongo en forma y… Tú sabes, más tiene el rico cuando empobrece. Ya sé, Guerrero, que van a salir a orearse las viejas glorias, las hazañas cumplidas. Nomás te aclaro, Guerrero, que se puede vivir para los recuerdos o a pesar de los recuerdos, pero no de los recuerdos. Nomás te lo recuerdo, Guerrero.
”Y de pronto el Guerrero estaba en el juego ocupando su posición antigua de corredor. El juego de veteranos había atraído una multitud. El Guerrero no tenía conciencia, y en eso el presente era idéntico al pasado, del griterío en las tribunas. Se hallaba sumergido en un silencio denso, el silencio de un campo de batalla antes de la batalla, apenas roto, penetrado, por las voces del mariscal de campo.
”Jeeep/do… Jeeep/do… Jeeep/do. El centro entregaba el balón.
”Era una jugada de engaño y el Guerrero pasaba al lado del mariscal de campo y, sin balón, iba a estrellarse contra la muralla de cuerpos. Los jugadores de su equipo se reunieron a unos pasos para decidir la siguiente jugada.
”Vamos por ocho yardas, Pelón, ¿cómo te sientes? El Pelón era el tacle derecho y dijo que fueran por ellas, él se encargaba. Directa, Alfredo, te vas detrás del Pelón y te cortas para donde se abra el hueco. Le daban otra vez el balón a Alfredo y el Guerrero supo que no le tenían confianza. Me creen viejo, pero en la primera oportunidad les demuestro. Otra vez el silencio previo a la batalla. Otra vez los gritos contundentes del mariscal. Con la primera llamada el Guerrero hizo un movimiento distractivo hacia el lado opuesto al del choque. Alfredo consiguió tres o cuatro yardas y el Guerrero vio que entraba al campo el equipo de relevo. Se dirigió a la línea lateral y en el camino dijo, débilmente, más bien para sí, que no pasen, muchachos, no los dejen.
”El Guerrero se quitó el casco y se fue caminando hacia uno de los extremos del estadio, hacia el túnel que llevaba a los vestidores…”
Novedades en la mesa
El mundo de afuera, novela del colombiano Jorge Franco que obtuvo el Premio Alfaguara de Novela en 2014.
