A John Fante (8 de abril de 1909 – 8 de mayo de 1983) se le considera uno de los iniciadores de la literatura dura estadunidense, la que muestra la cara de los perdedores del “sueño americano”. En el mes de su nacimiento transcribo las primeras líneas de su primera novela, Camino de Los Ángeles (Anagrama, trad. de Antonio-Prometeo Moya), publicada en forma póstuma, donde aparece por primera vez su emblemático álter ego, Arturo Bandini.
“Hice muchos trabajos en el puerto de Los Ángeles porque nuestra familia era pobre y mi padre había muerto. El primero, poco después de terminar el bachillerato, consistió en cavar zanjas. El dolor de espalda me impedía dormir por la noche. Cavábamos en un solar vacío, no había ni una sombra, el sol caía a plomo desde un cielo sin nubes y yo estaba allí con dos grandullones que picaban con gusto, siempre riendo y contándose chistes, riendo y fumando tabaco pestilente.
”Yo empecé con mucho ímpetu y ellos se rieron y dijeron que yo aprendería al cabo de un tiempo. El pico y la pala no tardaron en pesarme. Me chupaba las ampollas reventadas y detestaba a aquellos hombres. Un mediodía quedé agotado, me senté y me miré las manos. Me dije: ¿por qué no dejas este trabajo antes de que te mante?
”Me levanté y clavé la pala en el suelo.
”–Muchachos –dije–, me voy de aquí. Me han ofrecido un empleo en la Comisión Administrativa del Puerto.
”Luego fui friegaplatos. Todos los días miraba por un agujero de una ventana y todos los días veía montones de basura rodeados de nubes de moscas, y era como un ama de casa ante un fregadero atestado de platos, las manos se me sublevaban cuando los veía flotando como pescado muerto en el agua azulada. El jefe era un cocinero gordo. Me animaba a trabajar golpeando las cacerolas. Me ponía contento cuando una mosca aterrizaba en su amplio carrillo y se negaba a marcharse. Estuve allí cuatro semanas. Arturo, me dije, este empleo tiene poco futuro, ¿por qué no te vas esta noche? ¿Por qué no mandas al cocinero a tomar por culo?
”No pude esperar a la noche. En mitad de aquella tarde de agosto, con una montaña de platos sucios ante mí, me quité el delantal. Se me escapó una sonrisa.
”–¿Dónde está lo gracioso? –dijo el cocinero.
”–He terminado. Se acabó. Eso es lo gracioso.
”Salí por la puerta trasera. Con el tintineo de la campanilla. Se quedó rascándose la cabeza, en medio de la basura y de los platos sucios. Cuando pensaba en aquellos platos me reía; la situación me ha parecido siempre muy graciosa.
”Fui ayudante de camionero. Lo único que hacíamos era llevar cajas de papel higiénico del almacén a las tiendas portuarias de San Pedro y Wilmington. Cajas grandes, de un metro de arista y veinticinco kilos de peso. Por la noche me quedaba dando vueltas en la cama, meditando.
”El jefe era camionero. Tenía los brazos cubiertos de tatuajes. Vestía polos amarillos muy ceñidos. Le sobresalían los músculos. Los trataba como una chica a su cabello. Me habría gustado decirle cosas que le fastidiaran. Las cajas estaban en el almacén, en montones de quince metros de altura. Él las ordenaba. Arturo, me dije, tienes que tomar una decisión; tiene pinta de bruto, pero ¿qué más da?…”
Novedades en la mesa
La editorial Acantilado ofrece el ensayo histórico ¿Qué fueron las cruzadas?, del historiador británico Jonathan Riley-Smith.
