Un grupo de jóvenes libertinos entregados al ocio placentero en el París de los años cincuenta protagoniza Todos los caballos del rey, la breve novela de Michèle Bernstein (París, 28 de abril de 1932) que es un fresco de los movimientos alentados por el rechazo al mercantilismo y los valores capitalistas de mediados del siglo pasado. Transcribo las primeras líneas de la novela editada por Anagrama (2006), con traducción de María Teresa Gallego Urrutia.
“No sé cómo tardé tan poco en darme cuenta de que Carol nos gustaba. No había oído hablar de ella hasta el día anterior, en una pequeña galería de pintura por donde andaba esa tropa que acude siempre a las inauguraciones de las exposiciones de esos pintores cuyo destino es que no los conozca nadie. Los pocos amigos de antaño que me encontré eran precisamente los que no habría querido volver a ver en la vida. Con voz demasiado chillona que aspiraba intensamente a ser mundana, la anfitriona hablaba de los zapatos que llevaba para que un visitante de importancia cayera en la cuenta de que ya era por completo insolidaria con el fracaso que estaba viendo venir. En contra de lo que mandan los cánones, la inauguración no llevaba aparejado un coctel y no había nada que beber.
”Cuando recabé con la mirada la ayuda de Gilles, vi que el pintor le estaba hablando con mucha animación. Ya se estaba formando un grupito alrededor. Era un pintor malo y un anciano encantador rebosante de un modernismo pasado de moda. Gilles le seguía la conversación sin que se le notase cansancio alguno y yo admiré su saber estar. El pintor anciano había perdido pie ya en la generación anterior a la nuestra, pero no por eso se había desanimado. Nos tenía afecto. Me parece que nuestra juventud le aportaba una confirmación de la suya.
”A mí su mujer me tenía implicada en una conversación.
”–Tengo que presentarle a mi hija –decía–. Tiene más o menos su edad, pero ella es tan inmadura. Su compañía le vendría muy bien.
”La indulgencia se compagina mal con el aburrimiento. Sopesé la simpatía mustia de la señora. No me apetecía gran cosa criar a una hija que se le pareciera y que, por añadidura, fuera un poco retrasada mental. Pero hay que interesarse por las personas.
”–Pinta. Creo que tiene talento, pero todavía no se ha encontrado a sí misma.
”–Como su padre –dije imprudentemente. Lo cual me brindó la oportunidad de enterarme de que no era hija de Francois-Joseph, sino de un primer matrimonio… Al final de una frase, afirmé con entusiasmo mi deseo de conocerla. ¿Fue convincente mi vehemencia? Me habría gustado que Gilles estuviera en mi lugar. Parece espontáneamente más agradable que yo.
”Pero el caso es que, después de hablarme también de Béatrice, la mejor amiga de su hija, que escribía unos poemas buenísimos para su edad y a quien tenía intención de regalar el libro de Rimbaud que acababa de comprar, me invitó a cenar al día siguiente con mi marido.”
Novedades en la mesa
De la editorial Acantilado llega El príncipe de la niebla del alemán Martin Mosebach (traducción de José Aníbal Campos), una novela de aventuras desencadenadas por una estafa que forma parte de la historia.
