Por recomendación de mi querido amigo Lázaro Azar, crítico con quien desde hace muchos años comparto una intensa pasión por la música, pude ver en una popular empresa de streaming un auténtico garbanzo de a libra: Coda (Canadá, 2019), sorprendente opera prima del antes sólo conocido como guionista quebequés Claude Lalonde. Una película aguda e inteligente, narra el sinuoso retorno a los escenarios del maduro pianista inglés Henry Cole (el gran actor inglés shakespereano Patrick Stewart, en un papel inédito en su carrera cinematográfica), quien padece el alucinante pánico escénico que a tantos otros prestigiados artistas les ha provocado tener que enfrentarse al escrutinio público. Imposible dejar de pensar en la premiada cinta Claroscuro, de Scott Hicks, de 1996, en derredor del ––éste sí real–– australiano David Helfgott (revelación definitiva de Geoffrey Rush), niño prodigio cuya crisis emocional adulta se detonaría tras la presencia de un padre autoritario y de frente a las exigencias del Concierto para piano No. 3 de Rachmaninov.

Estructurado en flashbacks y contada por la musa salvadora (la bella y aquí profunda actriz norteamericana Katie Holmes), la famosa frase inicial de Nietzsche (“La vida sin música sería un error”, rescatándonos del mundanal ruido, parafraseando al inteligente musicólogo Alex Ross) contextualiza bien el sentido que Lalonde le quiere dar a este hermoso poema visual y sonoro donde el pianista Henry Cole en crisis y su liberadora musa Herren Morrison comparten con particular convicción ––y pasión, por supuesto­­–– la obra paradigmática de compositores del periodo romántico como Schubert, Schumann, Chopin y Liszt, claro, con el previo parteaguas beethoveniano en la cima. Por otra parte, Coda resulta ser uno de esos escasos largometrajes de ficción donde la música deja de ser mero pretexto para convertirse en personaje protagónico, en un constante agudo reflexionar sobre el hecho artístico, sobre las múltiples e inagotables funciones ––mejor sería hablar de su sentido intrínseco–– del arte y de la propia creación musical.

Lo esencial de este sorpresivo y revelador filme del canadiense Claude Lalonde responde precisamente al proceso que el experto pero conflictuado pianista debe recorrer para sanar esa parálisis artística y personal que pareciera tenerlo detenido y no dejarlo seguir adelante tras la pérdida de su esposa. Su mencionada musa, periodista y crítica musical de The New Yorker que quiere entrevistarlo ––deseando explicarse ella misma, por qué no, lo que le impidió hacer una carrera pianística propia––, llega en el momento indicado para ayudarlo a navegar la tormenta y darle otra vez sentido a su existencia. Esa ruta de ascenso tendrán que hacerla juntos, si bien el drama real se resolverá con su ausencia y el legado de su joven pero no menos honda sabiduría; en ese trance otro tanto hará su solidario representante y amigo, a quien da vida el actor danés Giancarlo Esposito.

Entre otros méritos de este inusitado largometraje de Lalonde se reconoce cómo el experimentado guionista y debutante director consigue trascender ese inicial cliché de la mencionada musa salvadora que bien pudo haber desembocado en el manido estereotipo del melodrama romántico predecible, y se resuelve conforme ahonda en las fuentes de una escuela que tuvo sus simientes en el propio sturm und drang alemán y sus epígonos filosóficos con Schopenhauer y el citado Nietzsche que supieron reinterpretar con agudo olfato moderno el mito clásico del “eterno retorno” (el ser humano se transforma en el “Übermensch” hasta cuando logra vivir sin miedos). La más que representativa imagen del pintor Caspar David Friedrich: “El caminante sobre el mar de nubes”, aparece aquí en la figura aleccionadora del mismo Beethoven, como símbolo de quien en compenetración con la belleza y la sabiduría de la naturaleza (Cole reencontrándose en los parajes suizos de Sils Maria de los que Herren le hablaba y donde Nietzsche se esclareció su teoría del Superhombre) encuentra la anhelada paz y el reconocimiento de sí mismo

También un sugerente road movie por los referidos recorridos por los paisajes suizos que han inspirarado a tantos pensadores y creadores, la obra de los grandes compositores decimonónicos alemanes acompañan al atormentado pianista tras la búsqueda de sí mismo y del recuerdo de su sensible joven musa, quien no sólo le inspira volver a creer en la vida y en sí mismo, sino además y sobre todo en que el don del arte, de la música en particular, debe asumirse con voluntad y con convicción (otra vez Nietzsche). Y ese recuento de bellas imágenes (la plástica e impecable fotografía la firma Guy Dufaux), de situaciones inspiradoras y otras incluso chuscas, de un discurso acorde con la historia y la evolución anímica de los personajes, corre al ritmo de la propia música como hilo conductor, como motivo y razón de ser, en la medida en que le da sentido a sus vidas. El aquí esencial editor musical es Guy Pelletier, y el pianista que interpreta la obra de los genios inspiradores, el ucraciano-canadiense Serhiy Salov.

Hondamente humana y conmovedora, Claude Lalonde opta en su Coda por personajes refinados, dotados de una sensibilidad y una inteligencia peculiares, inobjetablemente contrastrastes con una realidad prosaica a la que este estado de cosas por lo regular le resulta aburrido, cuando no pretencioso y hasta improductivo. Pero Landonde tampoco tiene empacho alguno en que su película pueda ser tildada de elitista y no comercial, dirigida a un público minoritario al que le interese un cine más artístico y/o de autor que a cuentagotas se abre camino, si bien cualquier persona que se dé la oportunidad de verla y escucharla con paciencia podrá ––acaso mi esperanzadora utopía, y no dudo que también la del realizador–– entenderla y hasta disfrutarla.