“El triunfo mundial del capitalismo no se explicaría sin el terrible final de la esperanza revolucionaria”, las palabras son del narrador y editor francés Olivier Rolin (17 de mayo de 1947), desencantado del maoísmo y autor de media docena de novelas premiadas. Transcribo las primeras líneas de Meroe, editada por Anagrama en 2001, traducida por María Teresa Gallego Urrutia.

“Sudán, Bilad el-Sudan en árabe, es decir, “la tierra de los negros”, es el mayor estado de África. Abarca 18 paralelos, prácticamente desde el trópico de Cáncer hasta el ecuador. Limita al norte con Egipto y, a continuación, girando en la dirección de las agujas del reloj, con el Mar Rojo, Eritrea, Etiopía, Kenia, Uganda, el Zaire, la República Centroafricana, el Chad y Libia. Pocos países, si dejamos aparte aquel que llevaba hace tiempo el nombre de URSS, pueden jactarse (o lamentarse, dependiendo del enfoque o de las circunstancias) de contar con tantos vecinos. Pocos son también los que no poseen sino una única carretera de somero asfaltado que, si entramos en detalles, va desde Port Sudán, un poco al sur de Yidah, en la otra orilla del Mar Rojo, hasta Jartum, la capital. Allí confluyen los dos Nilos y de ese encuentro nace el río de los reyes y los dioses difuntos. Son esos Nilos: el Azul, que llega como una tromba desde las cumbres pastoriles y rimbaldianas de Abisinia, y el Blanco, que se derrama despacioso desde las montañas y los grandes lagos del Ecuador. Tal es el nombre que se les da, aunque ambos tienen (si bien no siempre al mismo tiempo) la misma tonalidad, que va del té con leche a las violetas, pasando por el color del bronce, al albur del talante del tiempo y las crecidas. Sudán es, de forma mucho más cierta y misteriosa que Egipto, el país del río fabuloso.

”Además de las ciudades ya mencionadas, las principales localidades de Sudán son: a orillas del Nilo Blanco, Juba, Bor y Malakal, cuyo nombre, al evocar al tiempo el Mal, la malaria y la famosa leprosería de Molokai, indica con suficiente claridad que sería un error ir a pasar allí la luna de miel; a orillas del Nilo Azul, Sennar y Wad Medani; a orillas del Great River, Atbara, que toma su nombre del último afluente de importancia antes de alcanzar los lejanos prestigios del Mediterráneo, y también Dongola y Wadi Halfa, puesto fronterizo en las lindes de Egipto, que es donde tuvo Flaubert, según Maxime Du Camp, la revelación del nombre y el apellido de Emma Bovary. Y Kassala, Wau, El-Fasher y El-Obeid, ciudades todas en las que un dromedario puede echar una ojeada a los tejados sin estirar el pescuezo, andan también por esa zona, en unos páramos solitarios y como fulminados cuya mejor descripción puede ser la palabra inglesa Wilderness, unos páramos ‘de tan inconcebible tristeza que nadie puede imaginársela’, escribía Gordon Bajá a Sir William Goodenough.

”‘El clima, seco al norte, húmedo al sur, es tórrido por lo general’: tomo este incontrovertible comentario de la Enciclopedia Larousse del siglo XX, edición de 1933, que me ha seguido hasta aquí, hasta esta habitación del Hotel de los Solitarios de Jartum, en la que estoy esperando a la policía o vaya usted a saber qué, el fin del mundo a lo mejor […]”

 

Novedades en la mesa

Acantilado rescata El camino de la vida de Lev Tolstói (traducción de Selma Ancira), publicado en forma póstuma y que es un breviario del pensamiento religioso que animó a su autor.