Con dilatada prosa decimonónica, Alfonso Daudet (Francia, 13 de mayo de 1840-16 de diciembre de 1897) va soltando poco a poco los detalles de un gran fresco parisino en su novela El nabab (1877). El prolífico narrador y periodista se situó desde entonces como uno de los preferidos del gran público y en el siglo XX algunas de sus historias fueron adaptadas al cine y al teatro. Transcribo las primeras líneas de El nabab (traducción de Florencio Sebastián Yarza para la edición ilustrada de Editorial Cumbre, 1955).
“De pie en las gradas de su linda casita de la calle de Lisboa, recién afeitado, brillante la mirada, risueño, satisfecho, esparcidos por el ancho cuello de su gabán los canosos cabellos, cuadrado de espaldas, sano y fuerte como un roble, el ilustre doctor irlandés Roberto Jenkins, caballero del Medjidjié y de la distinguida orden de Carlos III de España, miembro de varias sociedades sabias o de beneficencia, presidente fundador de la obra de Bethleem, Jenkins en suma, el Jenkins de las píldoras Jenkins con base arsenical, es decir, el médico de moda del año 1864, el hombre más atareado de París, se disponía a subir a su carruaje, una mañana de uno de los últimos días del mes de noviembre, cuando se abrió una de las ventanas del primer piso que daban al patio interior de la casa, y una voz de mujer preguntó tímidamente:
”—¿Almorzarás en casa, Roberto?
”¡Ah! ¡Cómo se aninó de repente, con una sonrisa de plácido y leal cariño, aquella acabada testa de apóstol y de sabio, y qué claramente se adivinaba en el tierno saludo que sus ojos mandaron allá arriba, hacia el tibio peinador blanco vislumbrado detrás de las entreabiertas colgaduras, una de esas pasiones conyugales afianzadas y tranquilas que el hábito estrecha con toda solidez y flexibilidad de sus vínculos!
”—No, señora Jenkins…
El doctor se complacía en darle de esta suerte públicamente su título de legítima esposa, como si encontrase en ello una satisfacción íntima, algo como un descargo de conciencia para con la mujer que le hacía tan placentera la vida…
”—No, esta mañana no me esperes. Almuerzo en la plaza Vendóme.
”—¡Ah, ya! El nabab… —contestó la bella señora Jenkins, con un marcado tono de respeto hacia aquel personaje de las Mil y una noches que era, desde hacía un mes, obligado tema de conversación en París; y luego, tras un momento de vacilación, en voz muy queda y cariñosa, insinuó por entre los espesos cortinajes, de manera que sólo lo oyese el doctor:
”—Sobre todo, no te olvides de lo que me has prometido.
”Debía ser algo muy difícil de cumplir, porque al recuerdo de semejante promesa el buen apóstol frunció el ceño, petrificose su sonrisa y contrajo el rostro en un mohín de increíble dureza; pero fue obra sólo de un segundo. Esos semblantes de médicos de moda aprenden a disimular en la cabecera de sus opulentos pacientes. En el tono más cariñoso y cordial, mostrando una hilera de dientes deslumbradores contestó:
”—Se cumplirá absolutamente todo lo que he prometido, señora Jenkins. Y ahora cierra la ventana y adentro. La niebla es bastante fría esta mañana.”
Novedades en la mesa
Alfaguara coloca en las mesas de novedades la nueva novela de Javier Marías Tomás Nevison, donde se pone sobre la mesa el tema moral del asesinato.
