La confusión política es un buen momento para volver la mirada hacia las brillantes mentes de los libertarios anarquistas, afines al arte y a la vez capaces de inspirar irracionales actos terroristas. En Protocolo Malatesta (Innisfree, 2020) el historiador Pedro Arturo Aguirre (Ciudad de México, 1963), de la mano del desparpajado narrador Bruno Arpinati, enlaza una cadena de acontecimientos aparejados a giros ideológicos para ofrecer al lector un fresco de la ebullición política de finales del siglo XIX y principios del XX, una novela trepidante acerca de las atrocidades cometidas en nombre de la libertad. Transcribo un fragmento.
“[…] Rivoli, Piamonte, octubre de 1906.
”Ésta es la crónica de una travesura, de una broma que empezó como un juego y que acabó casi costándome la vida o la libertad. Finalmente, gracias a la imprevisible y providencial intervención del influyente senador estadounidense Mark Hanna, ¡todo un prohombre, qué duda cabe!, logré zafarme de líos y ahora soy capaz de escribir esta historia de peripecias, deslealtades, coincidencias, ocurrencias, mentiras y complots que ha llevado a buena parte del mundo a una absurda paranoia antiterrorista.
”Estamos en el año 1906. Doce años han pasado desde que me empecé a enredar en graves riesgos por andar de juguetón. La verdad no me arrepiento. He demostrado a mi manera que la historia de la humanidad es una farsa totalmente irrisoria, un circo en el que muchos quieren ver mecanismos complejos de ‘dialécticas’ y ‘contradialécticas’, y que no es sino la autobiografía de un loco. Un rey, una emperatriz, dos presidentes y un jefe de gobierno perecieron asesinados y algunos jefes de gobierno más tuvieron la suerte de sobrevivir a sendos atentados en estos tiempos que me propongo resumir. Todos los magnicidas, tanto los exitosos como los malogrados, tenían en común la virtud de ser jóvenes anarquistas. Fue así que el terrorismo se convirtió en la principal preocupación de políticos, jefes de policía y periodistas. Los dirigentes europeos más conservadores hablaron insistentemente de la existencia de una ‘gran conspiración judeo-masónica’ que utilizaba a los anarquistas como instrumento para lograr oscuros propósitos de dominación mundial. Quizás, en alguna medida, mi anarquía lúdica contribuyó a desatar este delirio.
”Hoy escribo de manera confortable desde la villa familiar de los Arpinati, en el corazón del bello Piamonte, mientras cuido a mi madre enferma. Ella me confesó hace algunos meses la identidad de mi verdadero padre, último acicate que yo necesitaba para animarme a contar esta descabellada historia.
”Me llamo Bruno Arpinati. Nací en 1863 en Turín, capital del sublime Piamonte y del joven reino de Italia en el momento de mi alumbramiento. Soy hijo natural de Francesco Crespi, uno de los Padres de la Patria Italiana, quizás el político más interesante de cuantos estuvieron involucrados en la unificación de este farandulero país. Como acabo de comentar, apenas me he enterado del verdadero nombre de mi padre. Mi madre es Cecilia Arpinati, distinguida viuda del exitoso ingeniero Luigi Arpinati, miembro destacado de una eminente familia de empresarios turineses que murió víctima de un duelo a los cincuenta y tres años […]”
Novedades en la mesa
Maestra de la obsesión y el suspenso, Sara Mesa presenta su nueva novela, Un amor, editada por Anagrama.
