Escritor del éxodo perpetuo, del exilio permanente, Canetti llegó a Inglaterra a la edad de seis años, país donde sufriría su primera gran pérdida ––en su caso, a diferencia de Kafka, una figura constructiva––, la de su padre.

 

Escritor austriaco de origen búlgaro, Elias Canetti (Ruse, 1909-Zurich, 1994) nació en el seno de una familia de origen sefardita, una de las tantas provenientes del alrededor de 150.000 judíos expulsados de España en 1492. Humanista y políglota, las primeras lenguas con las cuales estableció contacto fueron el búlgaro, que empezó a olvidar en cuanto dejó el país a los seis años, y el ladino (castellano antiguo) en que se comunicaba con sus seres más queridos y cercanos. El alemán arribaría a su vida hasta los ocho años, edad en la cual comenzó a aprender ─otro de los tantos rasgos de contacto con su amado Kafka─ la que sería su lengua de expresión literaria.

Escritor del éxodo perpetuo, del exilio permanente, Canetti llegó a Inglaterra a la edad de seis años, país donde sufriría su primera gran pérdida ––en su caso, a diferencia de Kafka, una figura constructiva––, la de su padre. Durante la primera posguerra se afianzaría su verdadera vocación, pues la literatura terminaría por desplazar definitivamente a la química ––punto de contacto con otro de sus modelos, el también ingeniero austriaco Robert Musil––, cuando la familia Canetti se vio obligada a alternar su residencia entre Viena, Zurich y Frankfurt. Por fin instalado en Viena, ciudad entonces todavía propicia para la creación, resultaría definitiva para su causa literaria la penetrante influencia del también austriaco Karl Kraus, fundador y director de la revista La Antorcha que publicó los primeros bocetos de su ulterior y nodal libro Masa y poder: “La humanidad existía como masa ya mucho antes de haber sido formulada y diluida en conceptos. Como un animal monstruoso, salvaje, ardiente y exuberante, la masa hierve y se agita en lo más hondo de nuestro ser, a mayor profundidad que nuestra misma Madre”.

Tras breves estancias en el agitado Berlín de la época donde entabló relación con Brecht, Grosz e Isaac Babel, entre otras grandes personalidades intelectuales de la década de los treinta, inicia la redacción de su crucial novela Auto de fe que publicó hasta 1935. En sentido estricto, su única obra de ficción, colosal y decisiva por su ascendente filosófico que lo emparienta con una sólida tradición novelística en lengua alemana, se trata de un violento ataque contra el intelecto puro ––un nexo claro con el Musil de El hombre sin atributos y el Thomas Mann de Muerte en Venecia––, y he ahí quizá de igual modo su mayor influjo judeo-latino, en cuanto elaborada metáfora del Yo individual amenazado otra vez por la masa, génesis primordial en casi toda su tensada creación.

Una simbiosis perfecta de los en apariencia más disímiles elementos (juicio inclemente, evocación poética, aforismo filosófico y deslumbrante capacidad fabuladora), como una de las narraciones esenciales del complejo novelístico contemporáneo, Claudio Magris ha sabido ver en Auto de fe, por ejemplo, la más profunda y conmovedora tragedia de la individualidad que, a punto de ser disuelta en la dimensión de la masa, reacciona exasperando su propia singularidad hasta extremos caricaturescos, conforme se mutila cualquier pasión o impulso tras su propio instinto de sobrevivencia. Su cercano amigo Hermann Broch se refirió a la irónica fe canettiana en la existencia anímica de la masa, de lo supraindividual, sobre cualquier igualmente inevitable identificación de lo individual que él aquí sitúa en las esferas de lo grotesco y de lo demencial que se hacen omnipresentes ––otra vez Kafka–– en su devoradora condición alienante.

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Pero si Auto de fe representa una experiencia en extremo pesimista e implacable del intelecto y la imaginación, Masa y poder (1960) cierra ese círculo en la obra incendiariamente crítica del más incisivo Canetti. Ambicioso proyecto ideado desde 1925, desde su formador periodo como todavía alumno de química en Viena, y que el escritor cocinó por más de treinta años, constituye sin duda su obra neurálgica y decisiva. El más citado y comentado de sus libros, y aunque no sea propiamente de fabulación (en sentido estricto, Auto de fe es la única novela de este Premio Kafka y Nobel de Literatura 1981), ha suscitado toda clase de comentarios por parte de sociólogos, antropólogos y psicólogos, sobre todo por su autonomía ideológica y la audacia de muchos de sus influyentes planteamientos extraliterarios.

Escritor que nos ha legado uno de los más plurales y penetrantes catálogos de la literatura contemporánea, la obra ecléctica de Canetti se identifica sobre todo por su acendrado humanismo, que igual tocó la novela, el teatro (La boda y La comedia de la vanidad), el ensayo, el aforismo y el recuento autobiográfico que mucho se aireó con su fundamental trilogía escrita entre 1977 y 1985, compuesta por La lengua absuelta, La antorcha al oído y El juego de ojos. El otro proceso de Kafka (1969), posteriormente incorporado por el propio escritor a su variopinto La conciencia de las palabras (1975), es uno de los ensayos más sarcásticos y reveladores dentro de la nutrida y a veces farragosa bibliografía en derredor del autor de El castillo, en su caso sobre todo valioso porque arroja luz tras una lectura más humana y hasta literaria del ya paradigmático escritor judío-praguense.

Maestro en lo que se ha dado en llamar “antropología poética”, Canetti ha pasado a la historia por una obra refulgente y pletórica de los más vivos síntomas de un humanismo vital y voluntariamente asistemático, por una honda visión panorámica que en su consciente crítica del cientificismo reduccionista ––de una ciega fe por el todavía trasnochado racionalismo puro–– toca las fibras más sensibles e incluso satanizadas de nuestra compleja e inasible condición. Uno de sus libros más hermosos, por su efervescencia lírica y su decantada prosa poética, es Las voces de Marrakesch ––también de 1969––, impresiones visuales e imaginativas de quien supo viajar dentro y fuera de la literatura sin ataduras: “Viajando lo toleramos todo, los prejuicios se quedan en casa. Se observa, se escucha, se siente uno fascinado ante lo más atroz porque es nuevo. Los buenos viajeros son despiadados”.

Custodio por excelencia del preciado don de la metamorfosis, como él mismo definiera la condición del escritor, se refirió a su profesión como “[…] una práctica permanente, una experiencia forzosa con todo tipo de seres humanos, con todos, pero en particular con los que menos atención reciben, y en la continua inquietud con que se lleva a cabo esta práctica, no mermada ni paralizada por ningún sistema”. Adscrito a la gran tradición literaria centroeuropea de expresión alemana, Elias Canetti se suma a una robusta herencia narrativa donde igual figuran por supuesto Kafka, y los igualmente citados Musil, Mann y Broch, y por qué no otros más lozanos como Heinrich Böll y Günter Grass.