La luz latina y el mar mediterráneo iluminan las páginas de Graziella del autor del militar y noble francés Alfonso Lamartine (21 de octubre de 1790-28 de febrero de 1869), una novela de corte romántico, que se presume basada en un episodio de su vida amorosa. Transcribo las primeras líneas tomadas de la edición ilustrada de Cumbre, con traducción de Agustí Bartra (1961).
“A los dieciocho años mi familia me confió a los cuidados de una de mis parientes, cuyos asuntos reclamaban su presencia en Toscana, a donde se disponía a marchar acompañada de su marido. Se trataba de una buena ocasión para hacerme viajar, para arrancarme a la peligrosa ociosidad de la provincia y del hogar paterno donde, por falta de actividad se corrompen las primeras pasiones del alma. Partí, pues, con el entusiasmo de un niño que ve levantarse el telón ante las más espléndidas escenas de la naturaleza y de la vida.
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”Los Alpes, que desde mi infancia veía brillar a lo lejos, coronados de nieves eternas, siempre que subía a lo alto de la colina de Milly; el mar, del que los viajeros y poetas habían llevado a mi espíritu tantas imágenes rutilantes; el cielo de Italia, del que, por decirlo así, había aspirado ya el ardor y la serenidad, en las páginas de Corina y en los versos de Goethe: ¿Conoces el país donde florecen los limoneros?; los monumentos de la antigüedad que aún perduran y que mis recientes estudios habían poblado mi pensamiento; la libertad, en fin; la distancia, que tanto prestigio comunica a las cosas lejanas; las aventuras, esos seguros accidentes de los largos viajes, que la imaginación juvenil prevé, combina a su capricho y saborea de antemano; el cambio de idioma, rostros y costumbres, que parece iniciar a la inteligencia en un mundo nuevo; todo esto fascinaba mi espíritu. Durante los largos días que precedieron a mi partida, viví en un estado continuo de embriaguez. Y este delirio, renovado más adelante cada día por la magnificencia de la naturaleza en Saboya y en Suiza, en el lago de Ginebra, en los ventisqueros del Simplón, en el lago de Como, en Milán y en Florencia, no menguó sino hasta mi regreso.
”Los asuntos que habían llevado a Liorna a mi compañera de viaje se prolongaban indefinidamente, y se habló de hacerme regresar a Francia sin haber visitado Roma y Nápoles. Esto representaba arrancarme de mi sueño en el momento en que lo iba a alcanzar. Y yo me rebelaba interiormente contra tal idea. Escribí a mi padre para pedirle autorización de continuar solo mi viaje por Italia y, sin esperar respuesta, que temía fuese negativa, decidí adelantarme a su decisión. Si la prohibición llega –me decía–, será demasiado tarde. Tendré que soportar una reprimenda, pero obtendré el perdón; regresaré, pero habré visto. Pasé revista al estado de mi bolsa, que no era muy brillante; pero recordando que en Nápoles vivía un pariente de mi madre, di por descontado que no me negaría algún dinero para el regreso. Así, en una hermosa noche, salí de Liorna en el correo de Roma.”
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En El invencible verano de Liliana (Literatura Random House), Cristina Rivera Garza relata el caso del feminicidio de su hermana, ocurrido hace 31 años y que aún espera justicia.
