En el mes de los muertos nació el poeta José Gorostiza (Villahermosa, Tabasco, 10 de noviembre de 1901-CDMX, 10 de marzo de 1973), para quien la “afinidad entre poesía y canto es congénita […] no radica en el lenguaje sino en la voz humana misma, que el hombre presta a la poesía”. En su discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua habló de la poesía como un milagro: “en poesía, como sucede con el milagro, lo que importa es la intensidad. Nadie sino el Ser Único más allá de nosotros, a quien no conocemos, podría sostener en el aire, por pocos segundos, el perfume de una violeta. El poeta puede –a semejanza suya– sostener por un instante mínimo el milagro de la poesía. Entre todos los hombres, él es uno de los pocos elegidos a quien se puede llamar con justicia un hombre de Dios”. Transcribo un fragmento de su poema largo “Muerte sin fin”, calificado por Alfonso Reyes como “diamante en la corona de la poesía mexicana”.
Lleno de mí, sitiado en mi epidermis
por un dios inasible que me ahoga,
mentido acaso por su radiante atmósfera de luces
que oculta mi conciencia derramada,
mis alas rotas en esquirlas de aire,
mi torpe andar a tientas por el lodo;
lleno de mí –ahíto– me descubro
en la imagen atónita del agua,
que tan sólo es un tumbo inmarcesible,
un desplome de ángeles caídos
a la delicia intacta de su peso,
que nada tiene sino la cara en blanco
hundida a medias, ya, como una risa agónica,
en las tenues holandas de la nube
y en los funestos cánticos del mar
–más resabio de sal o albor de cúmulo
que sola prisa de acosada espuma.
No obstante –oh paradoja– constreñida
por el rigor del vaso que la aclara,
el agua toma forma.
En él se asienta, ahonda y edifica,
cumple una edad amarga de silencios
y un reposo gentil de muerte niña,
sonriente, que desflora
un más allá de pájaros
en desbandada.
En la red de cristal que la estrangula,
allí, como en el agua de un espejo,
se reconoce;
atada allí, gota con gota,
marchito el tropo de espuma en la garganta
¡qué desnudez de agua tan intensa,
qué agua tan agua,
está en su orbe tornasol soñando,
cantando ya una sed de hielo justo!
¡Mas qué vaso –también– más providente
éste que así se hinche
como una estrella en grano,
que así, en heroica promisión, se enciende
como un seno habitado por la dicha,
y rinde así, puntual,
una rotunda flor
de transparencia al agua,
un ojo proyectil que cobra alturas
y una ventana a gritos luminosos
sobre esa libertad enardecida
que se agobia de candidas prisiones!
Novedades en la mesa
Ha llegado a las mesas la nueva novela negra del escocés Irvine Welsh, El artista de la cuchilla (Anagrama).
