Lee Child (Inglaterra, 29 de octubre de 1954) es un autor británico de estilo americano. Sus historias son thrillers, no sesudos ejercicios deductivos. Lo suyo es la acción. Transcribo las primeras líneas del relato “Noche caliente”, tomado del libro del mismo título traducido por Aldo Giacometti para Blatti&Ríos, Buenos Aires 1917.
“El hombre tenía más de treinta años, Pensó Reacher, y un cuerpo sólido y calor, obviamente. Tenía la camisa mojada de sudor. La mujer que estaba frente a él puede que fuera más joven, pero no mucho. Ella también tenía calor y estaba asustada. O al menos tensa. Eso estaba claro. El hombre estaba demasiado cerca de ella. Lo cual no le gustaba. Eran casi las ocho y media de la noche, y estaba oscureciendo. Pero no refrescaba. Treinta y ocho grados, había dicho alguien. Una auténtica ola de calor. Miércoles 13 de julio de 1977, Nueva York. Reacher siempre recordaría la fecha. Era la segunda vez que venía solo.
“El hombre apoyó la palma de la mano en el pecho de la mujer, apretando contra su piel un algodón mojado, la parte superior del pulgar clavándose en el escote. Un gesto nada tierno. Pero tampoco agresivo. Neutro, como de doctor. La mujer no retrocedió. Se quedó paralizada donde estaba y miró a su alrededor sin ver demasiado. Nueva York ocho y media de la noche, pero la calle estaba desierta. Hacía demasiado calor. Waverly Place, entre la Sexta Avenida y Washington Square. Si la gente salía, salía más tarde.
“Después el hombre sacó la mano del pecho de la mujer y la movió hacia abajo como queriendo espantarle una abeja de la cadera, y después la volvió a subir rápido con un gran gancho semicircular y le estampó una bofetada en toda la cara, con fuerza suficiente como para que sonara crack, pero su mano y la cara de la mujer estaban demasiado mojadas como para reproducir la acústica de un arma, por lo que el sonido salió exactamente como el de una bofetada: plas. La cabeza de la mujer fue sacudida hacia un lado por el impacto. El sonido hizo eco en el ladrillo hirviente.
“–Ey –dijo Reacher.
“El hombre se dio la vuelta. Pelo oscuro, ojos oscuros, quizá un metro ochenta, quizá noventa kilos. Tenía la camisa transparente del sudor.
“–Lárgate, chaval –dijo.
“Esa noche a Reacher le faltaban tres meses y dieciséis días para cumplir diecisiete años, pero en lo físico ya estaba prácticamente del todo desarrollado. Ya era todo lo alto que iba a ser y ninguna persona en su sano juicio hubiese dicho que era flaco. Metro noventa y cinco, cien kilos, puro músculo. El producto terminado, más o menos. Pero muy recientemente terminado. A estrenar. Sus dientes eran blancos y uniformes, sus ojos de un tono cercano al azul marino, su pelo era ondulado y con volumen, su piel era suave y clara. Para las cicatrices, las arrugas y los callos todavía le faltaba.
“–Ya mismo, chaval –dijo el hombre.
“–Señora, debería alejarse de este tipo –dijo Reacher.
“–Te estás metiendo con la gente equivocada.
“–¿Gente? –dijo Reacher–. Esa palabra implica más personas. ¿Hay otros?
“–Ya lo verás.
“Reacher miró a su alrededor. La calle estaba todavía desierta.
“–¿Cuándo voy a verlo? –dijo–. Por lo visto no ahora mismo.
“–¿Qué clase de listillo te crees que eres?
“–Señora, me puedo arreglar solo, si quiere alejarse de aquí –dijo Reacher.
2La mujer no se movió. Reacher la miró
“–¿Hay algo que no estoy entendiendo? –dijo”.
Novedades en la mesa
Un entorno ideal no basta para tener una familia ideal, de acuerdo con la novela de Jane Smiley, La mejor voluntad, editada por Sexto Piso.
