A Rubén Bonifaz Nuño (12 de noviembre de 1923-31 de enero de 2013) debemos las las versiones castellanas de los clásicos griegos y latinos consideradas por Carlos Montemayor “la más importante obra de traducción hecha por un poeta de nuestra lengua en el siglo XX” (Material de lectura). Como editor, su huella permea el catálogo de las publicaciones de la UNAM y pervive en la colección Bibliotheca Scriptorvm Græcorvm et Romanorum Mexicana. Maestro de escritores y traductores, algunos de sus manuscritos originales y prendas icónicas como pluma y chaleco se muestran en el Museo del Escritor creado por su discípulo René Aviles Fabila (recientemente se anunció la reapertura del museo). De su obra poética los lectores repiten versos exactos. Transcribo un fragmento de Los demonios y los días (1956) y otro de su popular poema “Amiga a la que amo…”
[Los demonios y los días]
Por si no lo he dicho lo digo ahora.
Tengo una certeza: la de la muerte
que llega vaciándonos con furia;
y tengo un recuerdo: el de la escondida
muerte; y una indócil esperanza:
la de revivir en la carne.
Porque amo mis huesos y mis nervos;
mis brazos que cierran, mi boca
que deja salir; la mansedumbre
sepultada y tibia de mis entrañas,
y el sabor ilustre de las cosas
que viven, y el aire que lo lleva.
Y sudo al pensar que he de morirme
para siempre, y sueño ser yo mismo
otra vez; juntarme, escogerme
yo mismo entre todo,
y recuperarme y entregarme
[“Amiga a la que amo…”]
Amiga a la que amo: no envejezcas.
Que se detenga el tiempo sin tocarte;
que no te quite el manto
de la perfecta juventud. Inmóvil
junto a tu cuerpo de muchacha dulce
quede, al hallarte, el tiempo.
Si tu hermosura ha sido
la llave del amor, si tu hermosura
con el amor me ha dado
la certidumbre de la dicha,
la compañía sin dolor, el vuelo,
guárdate hermosa, joven siempre.
No quiero ni pensar lo que tendría
de soledad mi corazón necesitado,
si la vejez dañina, perjuiciosa
cargara en ti la mano,
y mordiera tu piel, desvencijara
tus dientes, y la música
que mueves, al moverte, deshiciera.
[…]
Y cuando me haga viejo,
y engorde y quede calvo, no te apiades
de mis ojos hinchados, de mis dientes
postizos, de las canas que me salgan
por la nariz. Aléjame,
no te apiades, destiérrame, te pido;
hermosa entonces, joven como ahora,
no me ames: recuérdame
tal como fui al cantarte, cuando era
yo tu voz y tu escudo,
y estabas sola, y te sirvió mi mano.
