De un trabajo de contable, el británico Arthur Leonard Bell Thompson pasó al Servicio de Operaciones Especiales en India. De ahí siguió el periodismo en Londres, y la literatura de intriga y suspenso, que ejerció con mucho éxito como Francis Clifford (1 de diciembre de 1917-24 de agosto de 1975). Escribió 18 novelas. Transcribo las primeras líneas de la más emblemática, Todos los hombres se quedan solos, traducida por Jaime Piñeiro (Bruguera 1972).
Al principio vieron el relámpago. Y luego oyeron el trueno. Y acto seguido, cuando la lluvia comenzó a caer sobre el lago, entraron en el cotagge y se hicieron el amor.
Más tarde ella dijo:
–Dame un cigarrillo, ¿quieres?
Su voz era de tono bajo, como si aquel súbito clamor de minutos de éxtasis antes disfrutados hubiese contraído su garganta. La lluvia tamborileaba sobre el tejado, y Lancaster no se movió. Ella esperó unos momentos y volvió la cabeza.
–¿Qué…?
–¿Me recuerdas?
Él la miró con cómica gravedad, simulando fruncir el ceño.
–Tu rostro me resulta familiar.
–Te odio.
–¿Tan pronto?
–Te pedí un cigarrillo.
–Discúlpame…
Lancaster extendió una mano hacia la mesita de noche y cogió dos cigarrillos con filtro de un paquete abierto. Encendió los dos. Una finísima película de sudor cubría parte del labio superior de la muchacha y, antes de entregarle el cigarrillo, Lancaster la besó, preguntando:
–¿No se trata de Catherine Tierney?
–Oh, ¡te odio! –repitió la muchacha.
–Entonces…, me gusta que me odien.
–Deja ya de bromear. ¿Por qué no hablas en serio?
–Nunca llegarás a ser persona adulta si crees en el amor.
Lancaster unió su cabeza a la de la muchacha. Sentía en su mejilla los negros cabellos de ella. Exhaló hacia el techo de la habitación una bocanada de humo. Los relámpagos todavía iluminaban el cielo detrás de las ventanas cuyas cortinas estaban corridas. Pero el trueno tardaba en sonar más tiempo que antes; y cuando se oía sonaba mucho más débilmente. La tormenta derivaba hacia el este. Solamente la lluvia persistía, pesada y monótona, aislándolos del resto de Irlanda, del lejano Londres, y de Coordinación de Armamentos…, los aislaba del resto del mundo.
La joven ya había estado allí dos veces antes; la primera hacía un mes, y de nuevo el fin de semana último. El cottage era pequeño, blanco, de una sola planta, con techado de paja y puerta principal pintada en azul. Había un dormitorio, un cuarto de baño y una cocina en la que algunas veces comían. Un sendero de escoria partía, trazando una curva, desde la carretera hasta llegar a la casa, entre abandonados lechos de rosas, y hasta los muros de piedra, rotos en algunos lugares, que se extendían hasta los cañaverales del lago, en la parte posterior del pequeño hotelito, cuyo patio no encerraba más que hierba.
–Compré todo esto por una miseria –le había dicho Lancaster–. Gasté un poco más en instalar el cuarto de baño, una capa de pintura general y unas cuantas piezas de mobiliario, y todo no llegó a cuatro cifras. Increíble, pero es cierto.
Novedades en la mesa
El relato Una historia crepuscular de Stefan Zweig, en una bien cuidada edición de Acantilado. La traducción es de Joan Fontcuberta.
