Las aventuras de alta mar de Joseph Conrad (Ucrania, 3 de diciembre de 1857-Reino Unido, 3 de agosto de 1924) siguen gozando de la preferencia de los lectores e inspirando vocaciones de marineros. En el mes de su nacimiento, transcribo las primeras líneas de su novela El negro del Narcissus, traducida por Ricardo Baeza (Planeta, 1979).

Mister Baker, primer piloto del Narcissus, pasó de una zancada de su iluminado camarote a las tinieblas del alcázar. Sobre su cabeza, a lo alto de la toldilla, el hombre de cuarto tocó dos campanadas. Las nueve. Mister Baker, levantando la cabeza, preguntó:

–¿Está a bordo todo el mundo, Knowles?

El hombre bajó la escala renqueando y, tras reflexionar un momento, contestó:

–Así me parece. Todos los antiguos están ahí, y también algunos nuevos… por lo menos, todos deben estar ahí.

–Pues di al contramaestre que los envíe a todos –ordenó mister Baker– y que uno de los muchachos traiga aquí una lámpara que alumbre bien. Quiero pasar lista a la tripulación.

Una profunda oscuridad reinaba en el sector de popa, pero poco más allá, a través de las abiertas puertas del castillo de proa, dos fajas de luz viva cortaban las sombras de la noche tranquila. Un zumbido de voces llegaba hasta allí, mientras a babor y estribor, resaltando sobre los iluminados rectángulos, aparecían instantáneamente siluetas planas y negras, sin relieve, como figuras recortadas en hojalata. El barco estaba pronto a hacerse al mar. El carpintero había hundido la última cuña condenando la escotilla mayor y, arrojando su mazo, se había enjugado concienzudamente el rostro, al toque justo de las cinco. Las cubiertas habían sido barridas, aceitado el moliente y el ancla dispuesta para ser izada; la gruesa estacha de remolque yacía en largos senos a un costado de la cubierta, con un cabo tendido y pendiente sobre la amura, preparado para el remolcador, que, chapoteando y resoplando ruidosamente, impetuoso y humeante, vendría a turbar la límpida y fría placidez del alba. El capitán se hallaba aún en tierra, en donde había de completar su tripulación; y, cumplido el trabajo del día, los oficiales de a bordo permanecían apartados, contentos de tener un momento de reposo. Poco después de llegada la noche, los que se hallaban con licencia en tierra y los nuevos tripulantes comenzaron a llegar en botes, cuyos remeros, asiáticos vestidos de blanco, reclamaban con irritados gritos su salario antes de abordar la escala del pasamano. La garla febril y chillona de Oriente luchaba con el tono imperioso de los marinos ebrios que discutían las descaradas pretensiones y las dehonestas esperanzas con profano vocerío. La calma resplandeciente y constelada de la noche oriental fue desgarrada en impuros guiñapos por los rugidos de rabia y los clamores de lamentación nacidos de sumas que variaban entre cinco anas y media rupia, y toda alma viviente embarcada en el puerto de Bombay comenzó a comprender que la nueva tripulación del Narcissus llegaba a bordo.

Gradualmente se calmó el alboroto. Los botes no llegaban ya, chapoteando, en racimos de tres o cuatro a la vez, sino que abordaban uno a uno, entre un ahogado murmullo de reconvenciones brúscamente cortadas por un “¡Ni un céntimo más! ¡Vete al diablo!”, pronunciado por algún hombre que trepaba la escala tambaleándose: negra silueta de espalda gibosa por el gran saco que cargaba sobre sus hombros […]

 

Novedades en la mesa

El nuevo libro de cuentos de Haruki Murakami, Primera persona del singular, publicado por Tusquets contiene ocho historias escritas en primera persona, en tono autobiográfico.

 

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