No se me ocurre mejor regalo para esta Navidad que una novela con el poder de la música de Mozart y la fuerza de la vocación de un adolescente-joven decidido a interpretar las óperas de su ídolo en el festival de verano de Mozart de Salzburgo, a donde va sobre ruedas. Se rata de Amadeus en bicicleta (Galaxia Gutemberg, 2021) del tenor mexicano Rolando Villazón (22 de febrero de 1972), cuya prosa acompasa el rítmo de la música con el de la ciudad y el del acelerado corazón de su protagonista. Transcribo las primeras líneas.

“Lo primero que hice al salir de la bulliciosa estación del tren fue levantar la vista para localizar la Fortaleza en la montaña. Mi padre la mencionaba siempre que hablaba de sus viajes a esta ciudad. No pude ver más que nubes, tejados y la sombra lejana de la cordillera. El sol quemaba. De algún verdor me llegaba el canto de los pájaros. Una mujer se abanicaba con un folleto del programa del Festival de verano. Respiré profundo. Había llegado.

”Vine a Salzburgo para realizar un doble propósito: cumplir la promesa que siendo niño grité al rostro impasible de mi padre vislumbrándolo detrás del humo del puro que fumaba, y, al mismo tiempo, vine a enterrar el sueño que surgió de esa promesa y cuyo fruto hoy, después de tantos años de empeño, es uno muy distinto –raquítico y desabrido– al espléndido y jugoso que yo imaginé saborrear un día.

”Mi padre acostumbraba asistir cada dos años al renombrado Festival de música de la ciudad natal de Mozart alternando los veranos con otro afamado Festival estivo, el de Bayreuth. Inició esta tradición desde soltero, en cuanto tuvo la solvencia económica que le permitió otorgarse esas costosas excursiones de México a Europa. Después de casarse, continuó asistiendo con mi madre a sus veranos líricos –así decidió llamarlos– y ni aún con la llegada de los hijos puso pausa a los viajes. Nos dejaba en el sur de Alemania, en la granja de los tíos alemanes, para que fortaleciéramos nuestra gramática germana y adquiriéramos el gusto por la naturaleza y la vida rústica mientras ellos bebían vinos que lagrimeaban en las copas, comían venado bañado en espesas salsas y engrandecían sus almas –y su anecdotario para presumir a los invitados de las cenas posteriores en su casa– con la música de los inmortales. Sólo después de la muerte de mi madre, cuando yo era aún adolescente, mi padre fue espaciando cada vez más sus veranos líricos hasta que un día renunció a ellos por completo.

”Mi padre decidió que la edad justa para incluir a sus hijos fuera la de los doce años. Yo nací un par de meses después de que mi hermano mayor asistiera a su segundo verano lírico y mi hermana se alistaba para ir a su primero. Fui un embarazo tardío y no planeado. ‘Un accidente’, decía mi padre revolviendo mis cabellos con tono tierno y condescendiente que yo detestaba. Ese comentario me hacía sentir como un hueso roto o un rostro tuerto o un vaso de vino derramado sobre la mesa. Y mientras la familia se marchaba a los festivales de música, el ‘accidente’ pasaba los veranos en el monótono paisaje de la granja de los tíos, entre gallinas correlonas y lentas vacas rumiantes, soñando con ir a Salzburgo […]”

 

Novedades en la mesa

La historia que cuenta Elizabeth Bowen en El último septiembre (Acantilado, traducción de María Belmonte) ocurre durante la Guerra de independencia irlandesa y transforma la apacible y cómoda vida de los protagonistas.