No a velocidad vertiginosa, pero la credibilidad del presidente López Obrador va de bajada. La credibilidad, apuntó, Max Weber, es la fuente de la legitimidad tanto en la dominación tradicional, como en la carismática y la burocrática. Pienso que Andrés Manuel López Obrador cometió un error político de gran magnitud: centralizar en exceso el poder y, lo más grave, la representación del poder.
No hizo caso a Maquiavelo ni a Weber que, desde perspectivas distintas, aconsejaron al príncipe nombrar a ministros o un visir para tomar (o que pareciera que tomaba) las decisiones impopulares. Al ser el vocero único de su gobierno, el presidente adquirió popularidad y prestigio entre sus fieles, pero de la misma manera carga (y cargará más en el futuro) con los errores; éstos suelen dejar más huella en la historia que la virtudes.
Según las discusiones en la plaza pública y primeros escaramuzas entre los poderes constituidos, desaparecer el Programa de Escuelas de Tiempo Completo es una maniobra malmirada. La inconformidad llegó al tuétano del presidente. Cierto, dispuso que su vicaria en la Secretaría de Educación Pública, Delfina Gómez Álvarez, anunciará que las escuelas de tiempo completo dejarían de recibir los pocos recursos que se le habían destinado para este año. Pero lo hizo en una mañanera y fue evidente que por instrucciones del patriarca.
Colegas investigadores de la educación, organizaciones civiles, organismos intergubernamentales, el Coneval y hasta personalidades afines al mandatario, apuntan que ese programa mostró efectos en la mejora de aprendizajes en casi cuatro millones de estudiantes, en especial entre los de zonas indígenas y poblaciones vulnerables. Además, proporcionaba una colación saludable a casi tres millones de infantes y era una red de protección para madres trabajadoras.
No obstante, castigó ese y otros programas que apoyaban “primero a los pobres”, como el de las estancias infantiles, porque no surgieron de su imaginación; florecieron por obra de gobiernos “conservadores y neoliberales”, “porque todos estos programas los crearon cuando prevalecía la corrupción”. Por ello, mejor distribuir recursos (en una cantidad mucho menor) directo a los padres de familia. Y, si en el camino forja una clientela y refuerza su carisma, mucho mejor.
Empero, en piezas de opinión, entrevistas a padres de familia y a maestros, también en declaraciones de políticos de la oposición y de cámaras empresariales, muchos actores mostraron animadversión a la decisión de finiquitar a las escuelas de tiempo completo. Sin que lo hiciera explícito, el presidente se retrajo. En la mañanera del 7 de marzo, ante pregunta expresa de “si se analiza un mecanismo justo de colaboración con los estados para mantener estas escuelas que realmente benefician a las mujeres que están en muchos casos a cargo de sus casas, las jefas de familia, las madres solteras”, AMLO respondió: “Sí, se está viendo, pero lo cierto es que se optó por entregar los recursos de manera directa a las sociedades de madres y de padres de familia para todo lo que tiene que ver con la educación en las aulas”.
Pero ese programa “La Escuela es Nuestra” lo creó el presidente López Obrador para sustituir al Instituto Nacional de Infraestructura Física Educativa, que era el órgano del gobierno federal que normaba la construcción y mantenimiento de los planteles escolares. Desapareció a una institución por un aparato clientelar donde entrega recursos directos a las familias, sin reglas de operación ni órganos de transparencia.
Con todo, la orden no se cumplimentará como lo desea el presidente. Las escuelas de tiempo completo además de sus virtudes pedagógicas eran apreciadas por las comunidades. Eran fuente de legitimidad para los gobernantes. La resolución de finiquitarlas no cayó bien entre ciertos cuadros de Morena ni entre sus aliados.
Si no la primera, sí la más visible en oponerse a la decisión presidencial fue la jefa de gobierno de la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum. Incluso, la forma en que la reportera le hizo la pregunta a AMLO quizá definió su respuesta que, como casi todas, no obedecen a una reflexión si no al impulso del momento. Ella le expuso: “Ya dijo la maestra Delfina que desaparecen [las escuelas de tiempo completo] por el tema de que se va a priorizar para la infraestructura de los planteles, aquí la doctora Claudia Sheinbaum dijo que se van a mantener”.
Por supuesto que la jefa de gobierno el día anterior lo expresó con sumo cuidado y sin hacer un lado a la SEP, porque ella no tiene mando sobre el sistema escolar capitalino. Pero los gobernadores de otros 13 estados sí. Y también anunciaron que las sostendrán. Eso incluye a mandatarios afiliados a Morena. Además, en la Cámara de Diputados ciertos legisladores de ese movimiento y de aliados, en especial del Partido del Trabajo, observan con simpatía regresarle fondos a ese programa.
Atención. No se trata de una rebelión. Nadie de la tribu va a refutar al jefe. Sólo es una muestra de que comienza a flaquear su poder hierocrático que, de nuevo, según Weber, es “la capacidad de dominación del líder carismático, es decir, su probabilidad de encontrar obediencia, sobre la garantía de la coacción, no física, sino psicológica”.
Hasta donde recuerdo, esta es la primera vez que los reclamos en la plaza pública quebrantan —aunque no de manera severa— la lealtad ciega, la subordinación absoluta de los fieles al líder. No es una crisis de credibilidad que conduzca a una más grave de legitimidad, pero puede estimular a que los pocos inconformes de adentro comiencen a salir del closet. Y a los opositores a redoblar sus críticas.
Si el programa de escuelas de tiempo completo no se reinstala, nadie culpará a la maestra Delfina Gómez, nadie creerá que ella tomó tan impopular decisión.
