El irlandés John Banville (8 de diciembre de 1945) es quizá el autor actual más premiado, parece que sólo le falta el Nobel, y aunque los críticos ponderan su obra “seria”, sus millones de seguidores se vuelcan en cada entrega de su faceta de autor policiaco, bajo el seudónimo de Benjamin Black, donde aparecen las aventuras del médico forense Quirke. De su más reciente entrega, Quirke en San Sebastián (trad. De Miguel Temprano García, Alfaguara, 2021), trasncribo las primeras líneas.

“Londres.- A Terry Tice le gustaba matar gente. Asío de sencillo. Tal vez decir que le gustaba no sea lo más correcto. Hoy día le pagaban por eso, y le pagaban bien. Pero en realidad el motivo nunca era el dinero. Entonces ¿qué? Le había dado muchas vueltas al asunto en distintos momentos a lo largo de los años. No estaba chiflado, y no era nada sexual, y tampoco es que fuese un efermo; no era ningún psicópata.

”La mejor respuesta que se le ocurría era que lo hacía para poner orden, para dejar las cosas en su sitio. Le contrataban para matar a personas que se habían metido donde no debían y había que quitarlas de en medio para que el negocio pudiera seguir adelante sin problemas. O eso o estaban de más, y esa era una razón igual de buena para librarse de ellas.

”Ni que decir tiene, él no tenía nada personal contra ninguno de sus objetivos –que es como prefería pensar en ellos, pues ‘víctimas’ sonaba como si él fuese el culpable–, excepto en la medida en que eran un estorbo. Sí, se sentía verdaderamente complacido al dejar las cosas pulcras y en orden de revista.

”En orden de revista, eso era. Al fin y al cabo, había pasado una temporada en la Armada Británica al final de la guerra. Era demasiado joven para alistarse, pero había mentido respecto a su edad y lo habían aceptado, y había ‘entrado en combate’ –como les gustaba decir a los jefazos de voz meliflua– cazando submarinos en el Atlántico Norte. En todo caso, la vida en el mar era aburrida, el aburrimiento era una de las cosas que Terry no soportaba. Además, se mareaba. Un marinero que se pasaba el día mareado, bonita cosa. Así que, en cuanto tuvo ocasión, pidió el traslado al ejército.

”Sirvió unos meses en el norte de África, acodado en los wadis, espantando las moscas y disparando al tuntún contra el famoso Africa Korps de Rommel cada vez que asomaba la cuadrada cabezota, mientras a lo lejos en el horizonte los tanques zumbaban como escarabajos y se escupían fuego día y noche. Después estuvo un tiempo en Birmania, donde tuvo ocasión de matar a un montón de esos tipos amarillos y lo pasó en grande una temporada.

”En África había pescado una desagradable gonorrea –aunque, ¿acaso existía una gonorrea agradable?–, y en Birmania contrajo una malaria más desagradable aún. Si no era una cosa era la otra. En la vida siempre se pierde.

”El final de la guerra fue una conmoción para el soldado Tice. En tiempo de paz no sabía qué hacer con su vida, y se dedicó a ir de aquí para allá por Londres, saltando de un trabajo a otro. No tenía familia, que él supiera –había crecido, o se había curtido, más bien, en un orfanato–, y había perdido el contacto con sus antiguos camaradas del desierto o las olas. De todos modos, tampoco eran muchos. Ninguno en realidad, para ser francos…”

 

Novedades en la mesa

La editorial Lumen ha lanzado la versión en español de una novela póstuma de Francoise Sagan, Las cuatro esquinas del corazón.