Transcribo las primeras líneas de Esa visible oscuridad. Memoria de la locura de William Styron (11 de junio de 1925-1 de noviembre de 2006).
“Fue en París, en una fría anochecida de finales de octubre de 1985, cuando por vez primera tuve conciencia plena de que la lucha contra el desorden de mi mente —lucha en la que llevaba ya empeñado varios meses— podía tener un desenlace fatal. Llegó el momento de la revelación cuando el automóvil en que viajaba tomó por una calle lustrosa de lluvia, no lejos de los Campos Elíseos, y se deslizó junto a un rótulo de neón de desvaído resplandor que anunciaba HÔTEL WASHINGTON. Hacía casi treinta y cinco años que no veía ese hotel, desde la primavera de 1952, cuando durante varias noches se convirtió en mi primer dormitorio parisiense. En los meses iniciales de mi Wanderjahr, había bajado a París en tren desde Copenhague, y vine a parar al Hotel Washington por obra de un agente de viajes neoyorquino. Por aquellas fechas el hotel era una de las muchas hospederías húmedas y feas destinadas a turistas, principalmente norteamericanos de recursos muy modestos, quienes, si eran como yo —tropezando, nerviosos, por vez primera con el francés y sus extravagancias— siempre recordarían cómo el exótico bidé, sólidamente emplazado en el grisáceo dormitorio, junto con el cuarto de aseo, allá en el extremo del mal alumbrado pasillo, definían virtualmente la sima que separa las culturas gala y anglosajona. Pero sólo permanecí en el Washington poco tiempo. Al cabo de unos días me sacaron de allí unos jóvenes americanos con los que había hecho amistad recientemente y me acomodaron en un hotel todavía más astroso, pero con más color, sito en Montparnasse, no muy lejos de Le Dôme y otras querencias convencionalmente literarias. (Allá por mis veintitantos años, acababa yo de publicar una primera novela y era una celebridad, aunque de muy baja estofa, pues pocos de entre los americanos que había en París tenían noticia de mi libro, no hablemos ya de que lo hubieran leído.) Y con el paso de los años el Hôtel Washington se había ido borrando poco a poco de mi conciencia.
“Reapareció, sin embargo, aquella noche de octubre cuando pasaba frente a la fachada de piedra gris envuelto en una llovizna, y la memoria de mi llegada tantos años atrás inició su retorno como una riada incontenible haciéndome sentir que había regresado fatalmente al punto de partida. Recuerdo haberme dicho que cuando saliera de París para Nueva York a la mañana siguiente sería para siempre. Me estremeció la certidumbre con que aceptaba la idea de que no volvería a ver Francia nunca más, como tampoco recuperaría nunca una lucidez que huía de mí con celeridad aterradora.
“Tan sólo unos días antes había llegado a la conclusión de que padecía una grave enfermedad depresiva, y me debatía impotente y desamparado en mis esfuerzos por superarla. No me alegraba con la ocasión festiva que me había llevado a Francia. De las muchas manifestaciones temibles de la enfermedad, tanto físicas como psicológicas, el sentimiento de odio de sí mismo —o para decirlo de forma menos categórica, la ausencia total de autoestima— es uno de los síntomas más universalmente experimentados, y yo había venido padeciendo cada vez más una sensación general de inanidad a medida que el mal progresaba. Mi malsana tristeza era, pues, tanto más irónica dado que había volado a París en un precipitado viaje de cuatro días con objeto de recoger un premio que debería haber restaurado mi ego en toda su brillantez […]”
