Con la eficacia periodística y el oficio literario de quien ha manejado la palabra toda la vida, Rafael Cardona (el tercero de su nombre) presenta Fuego de mis entrañas (Gernika), autobiografía e historia de su tiempo. Prosa pausada, capítulos de dos cuartillas, redondos, para asombro del lector. Transcribo algunas líneas.

[…] en aquella ocasión, vi de lejos a un hombre repantigado en un sillón de respaldo alto, con los zapatos encima del escritorio.

–Maestro, le dijo Juan Cristóbal, aquí le manda mi papá, Antonio Rodríguez.

–¡Ah!, gruñó el hombre de los zapatos sobre el escritorio. Déjamelo aquí. Y ahora vete.

–Sí, maestro.

–¿Y ese quién es?, le pregunté a Juan Cristóbal al salir.

–Es el maestro Pagés, el director de Siempre!, es el maestro de todos los periodistas de México.

–¡Ah!, le dije.

–Abuelo, ¿usted conoce al señor Pagés?, le pregunté a la hora de la comida. ¿Es el maestro de todos los periodistas?

–Ése es un gran carajo. ¿De dónde va a ser maestro de nadie? Y siguió con la sopa de fideos.

Muchos años después, con la ambición de escribir en la revista, llegué a esa oficina. Pagés me recibió porque me llevó León Roberto García mi compañero en Excélsior y desastroso embajador en Brasil, a quien le había pedido el favor de la presentación. Otra vez la escalera de madera crujiente.

Pagés me preguntó ¿y usted qué?

Yo le dije, quiero ser periodista.

–¿Ah, sí?, pues yo también, me contestó. ¿Y qué quieres? ¿dónde trabajas?

–En Excélsior y quiero publicar aquí.

Pagés se levantó. Le dio vuelta al escritorio y miró por la ventana. Regresó sobre sus pasos y fue hacia un carrito donde había vasos y una licorera. Tomó el whisky y sirvió sendos fajos.

–¡Tenga!, me dijo y me acercó el cristal.

–Pero maestro, son las once de la mañana.

–¿Y yo le estoy preguntando la hora, cabrón? ¡Tómese eso!

Muchos años más tarde, en uno de mis frecuentes exilios por el desempleo, fui a verlo para no morir en el anonimato de perder además del empleo, la presencia pública.

–¿Y ahora?, ya le volvieron a usted a romper el hocico, ¿no? Pagés alternaba el tuteo. Ya me enteré ¿qué quieres, hijo?

–Pues le traje un artículo maestro, a ver si le gusta.

Lo tomó con displicencia y con un gesto rápido tomó las cuartilla dobladas y las tiró al cesto de los papeles.

–¿Quién te ha dicho a ti, pendejo, que aquí se publica lo que a mí me gusta? Si eso fuera, este pasquín estaría en blanco.

Turbado, le dije ¿pero le puedo traer otras colaboraciones y mis recibos?

–No estés jodiendo; tráeme lo que quieras, o mejor, nomás tráeme los recibos.

Al número siguiente mi texto abría la edición. Una vez más el abuelo estaba equivocado. Pagés fue un protector cálido y solidario. Un hombre inolvidable como una de las escenas finales. Mi hija cumplía dos años.

–Tráigame a la niña, me dijo.

A los pocos días fuimos a comer con Jacobo Zabludovsky al “Luau”, un restaurante chino en la degradada Zona Rosa. Yo cargaba a la hija. Pagés nos vio a mi esposa y a mí y extendió los brazos. Cargó a la niña y le hizo carantoñas. Ella lo miró y le dijo:

–¿Tú eres el viejo Pagés?

Y el ogro se la sentó en las piernas y le dio la sopa, cucharada a cucharada.

 

Novedades en la mesa

La primera novela de Fernanda Melchor, Falsa liebre, editada por Random House.