Como muchos otros autores, la británica P. D. James (3 de agosto de 1920-27 de noviembre de 2014) sucumbió a la tentación de continuar la historia de su novela preferida, en este caso Orgullo y prejuicio, de Jane Austen. Para ello pone en marcha el mecanismo de su propia obra policiaca y recrea el ambiente de finales del siglo XVIII y principios del XIX inglés en La muerte llega a Pemberley (Random House 2014). Transcribo las primeras líneas.

“A las once de la mañana del viernes 14 de octubre de 1803, Elizabeth Darcy se encontraba sentada a la mesa del saloncito de la primera planta de Pemberley House. La estancia no era grande, pero sus proporciones la hcían especialmente agradable, y sus dos ventanas daban al río. Ése era el cuarto que había escogido para su uso propio, para decorarlo enteramente a su gusto con muebles, cortinas, alfombras y pinturas seleccionadas entre las riquezas de Pemberley, dispuestas según su antojo. El propio Darcy había supervisado los trabajos, y por el placer dibujado en el rostro de su esposo cuando Elizabeth tomó posesión del lugar, así como por el empeño de todos en complacer sus deseos, había llegado a percatarse, más aún que por las otras maravillas más vistosas de la casa, de los privilegios que conllevaba ser la señora Darcy de Pemberley.

”El otro aposento que le proporcionaba casi tanta satisfacción como su saloncito era la magnífica biblioteca de la casa. Era la obra de varias generaciones, y ahora su esposo demostraba interés e ilusión por aumentar sus tesoros. La biblioteca de Longbourn había sido siempre el dominio del señor Bennet y ni siquiera Elizabeth, su hija favorita, accedía a ella sin su permiso expreso. Por el contrario, la de Pemberley estaba siempre abierta para ella, como lo estaba para Darcy, y gracias a las discretas indicaciones de éste, movidas por el afecto, ella había leído más, y con más placer y provecho, en los últimos seis años que en los anteriores quince, lo que la había llevado a adquirir una cultura que antes, ahora lo comprendía, no había pasado nunca de rudimentaria. Las cenas con invitados de Pemberley no podía diferir más de las de Meryton, en las que el mismo grupito de personas se dedicaba a chismorrear sobre las mismas cosas y a intercambiar las mismas opiniones, y que se animaba sólo cuando sir William Lucas recordaba en alta voz, con todo lujo de detalles, algún otro fascinante pormenor de su investidura en el tribunal de Saint James. Ahora lamentaba siempre el momento de intercambiar miradas con las demás damas y dejar a los caballeros a solas con sus cosas de hombres. Para Elizabeth había sido toda una revelación constatar que los había capaces de valorar la inteligencia en una mujer.

”Faltaba un día para que se celebrara el baile de lady Anne. La última hora la había pasado en compañía del ama de llaves, la señora Reynolds, comprobando que los preparativos marcharan correctamente y que todo se desarrollara como era debido. Ahora Elizabeth estaba sola. El primer baile se había celebrado cuando Darcy contaba apenas con un año de edad. Lo dieron para celebrar el cumpleaños de su madre y, salvo por el periodo de luto por el fallecimiento del esposo, había tenido lugar todos los años, hasta la muerte de la propia lady Anne […]”

Novedades en la mesa

Cartas a Felice de Franz Kafka, traducción de Pablo Sorozabal en una cuidada edición de Nórdica libros.