La francesa Alexandra David-Néel (24 de octubre de 1868-8 de septiembre de 1969) abrió para occidente una puerta a la magia del Tíbet. A los 56 años de edad, disfrazada de mendiaga, tras meses de caminata llegó a la Ciudad Prohibida. Ese periplo lo cuenta en Mi viaje a Lhasa, del que transcribo las primeras líneas de la traducción de Milagro Revest Mira.

“Introducción.- Ocho meses de peregrinaciones, llevadas a cabo en condiciones insólitas, a través de regiones en gran parte sin explorar, no pueden contarse en doscientas o trescientas páginas. Un auténtico diario de viaje exigiría varios volúmenes. No hay aquí, pues, más que resumen de los episodios que me parecen más significativos para despertar el interés de los lectores y darles una idea de las regiones que recorrí como una vagabunda tibetana y llegué a conocer íntimamente.

”Este largo viaje hacia Lhasa, disfrazada de peregrina, pidiendo limosna, en realidad no es más que un episodio de los muchos ocurridos durante los 14 años que pasé en Oriente. Su génesis estaría fuera de lugar en esta introducción; sin embargo, me parece interesante explicar por qué elegí este disfraz.

”Había pasado ya una temporada en Asia, cuando en 1910 el Ministerio de Instrucción Pública me encomendó una misión en India.

”Al año siguiente, cuando me encontraba cerca de Madrás, me enteré de que el soberano del Tíbet, el Dalai-Lama, había huido de su país, entonces sublevado contra China, y residía en el Himalaya.

”El Tíbet no me era absolutamente desconocido, pues había sido alumna, en el Colegio de Francia, del profesor Ed Foucaux, un sabio conocedor profundo de la cultura tibetana, y tenía algunas nociones de su literatura. Naturalmente no podía dejar escapar esta ocasión única de ver al Lama-rey y su corte.

”Ser recibida por el Dalai-Lama no era fácil, ya que se negaba obstinadamente a conceder audiencias a mujeres extranjeras. Sin embargo, sabiéndolo de antemano, había conseguido cartas de presentación de altas personalidades del mundo budista. Tradujeron estas cartas al soberano del Tíbet y debieron de intrigarle, porque inmediatamente dijo que tendría mucho gusto en hablar conmigo.

”Alrededor del monje soberano encontré una corte extraña de eclesiásticos vestidos de sarga granate oscuro, raso amarillo y brocado de oro, que contaban historias fantásticas y hablaban de un país de cuento de hadas. Aunque al escucharles tuviera en cuanta la exageración oriental, instintivamente presentí que detrás de las montañas cubiertas de bosques que veía, y de las lejanas cumbres nevadas, existía un país distinto a todos. Inmediatamente se apoderó de mí el deseo de llegar hasta él.

”Fue en junio de 1912 cuando, tras una estancia entre los tibetanos del Himalaya, vi por primera vez el Tíbet propiamente dicho.

”La lenta subida hacia los pasos elevados fue fascinante; después empezaron a aparecer las inmensas mesetas tibetanas, limitadas a lo lejos por una especie de espejismo difuminado, un caos maravilloso de cumbres malva y anaranjada, coronadas de nieve.

”¡Que vista tan inolvidable! Me quedé prendada para siempre.”

”Sin embargo, el aspecto físico del Tíbet no era el único atractivo que este país ejercía sobre mí; me interesaba también como orientalista. Empecé a reunir los elementos de una biblioteca tibetana que quería formar con obras originales […]”

 

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La ciencia en la cocina. De 1700 a nuestros días de Massimiano Bucchi (siglo XXI editores), traducido por Luciano Padilla López.