Entre las ganas de ver un buen partido y el mal sabor de conciencia que deja el desastre de la organización del mundial en un lugar y con unas autoridades contrarias a los postulados elementales de la convivencia humana, se antoja retomar las emblemáticas crónicas de Juan Villoro (24 de septiembre de 1956) en su clásico Dios es redondo (Planeta 2006). Transcribo algunas líneas.

I.- campeón de invierno. la afición en primera persona.- Si hubiera un campeonato mundial de aficiones de futbol, una final posible sería México-Escocia. Se trata de países que nunca han tenido protagonismo internacional y quizá por ello han buscado el placer compensatorio de llenar estadios.

Desde niño sé que no soy testigo de los mejores partidos. La sensación de estar lejos de los empeines prodigiosos se recrudeció cuando empezamos a ver goles por televisión satelital. De cualquier forma, en mi calidad de aficionado mexicano, sabía desde un principio que la pasión por el juego no puede depender de los resultados, tantas veces adversos.

Elegir un equipo es una forma de elegir cómo transcurren los domingos. Unos optan por una escuadra de sólido arraigo familiar, otros se inclinan con claro sentido de la conveniencia por el campeón de turno. En ocasiones, una fatalidad regional decide el destino antes de que el sujeto cobre conciencia de su libre albedrío y el hincha nace al modo ateniense, determinado por la ciudad.

Otras elecciones son más caprichosas, como el flechazo por un jugador, un ídolo de embrujo capaz de resumir las ilusiones de la infancia. Nada resulta tan doloroso como la partida a otro club de ese consentido de la gloria que parecía condensar en su pecho los sueños de la colectividad. Casi siempre, el hincha que creía en el héroe sigue fiel al club, por más que la motivación inicial se haya ido. Resignado, busca en los once fantasmas que ahora juegan por él la magia del genio primero. El futbol se convierte a partir de ese instante “sólo” en un juego de conjunto, donde nada es individual hasta que el apóstata vuelve al campo donde fue un dios de mediodía y los que antes lo adoraron sienten en la boca la saliva amarga del desencuentro y comprenden, con el dolor de la lucidez, que el dispensador de proezas no es suyo y acaso nunca lo fuera.

En esa tarde de descontento el joven aficionado se hace hombre, cumple el rito que separa de los anhelos perfectos, entiende que ningún héroe es definitivo y que también él tiene un interés que ya no busca individualidades: un equipo, esa abstracción de colores.

A veces la pasión futbolera comienza apoyando una camiseta, al margen de quién se la ponga. Los fans de tendencia epidérmica no son cautivados por el espíritu sino por el aspecto de su equipo. Fanáticos de ciertas rayas y no de otras. Esta atracción textil dura con mayor facilidad. Aunque la camiseta sea infamada por anuncios comerciales, el foro/o de escuela cromática tendrá ahí perenne razón para creer.

Una vez elegido el club que determina el pulso de la sangre, no hay camino de regreso. Aunque se mencionan ejemplos en los que el raciocinio ha intervenido para mudar de entusiasmos, el fanático de raza no recusa a los suyos, así reciban golizas de escándalo. Es posible que el futbol represente la última frontera legítima de la intransigencia emocional; rebasarla significa traicionar la infancia, negar al niño que entendió que los héroes se visten de blanco o de azulgrana.

 

Novedades en la mesa

También de Juan Villoro, Balón dividido, publicado por Planeta en 2014.