Poco se habla del californiano Lawrence Blochman (17 de febrero de 1900-22 de enero de 1975), en sus inicios reportero deportivo y luego policiaco. Como periodista trató de dar la vuelta al mundo. Fue editor de revistas y traductor, entre otros de Georges Simenon. Publicó más de 50 libros entre novelas y cuentos de misterio y detectives. Gran parte de sus historias han sido adaptadas al cine, la radio y la televisón. Transcribo las primeras líneas de su relato “El crimen de las estrellas”, incluido en Antología del cuento policiaco (Aguilar, 1980).
¡Ah, no…, no, querido! Estás en un error –protestó el inspector jefe–. Son cigarrillos del lujo. Un regalo que me han hecho por mi cumplaños
Sentado en el borde de la mesa del inspector, el periodista se echó a reír mientras cortaba con los dientes la punta del cigarro que acababa de elegir de la caja.
Bill Black no se contentaba con admirar las capacidades de Pete Romero, al que consideraba como el más fino sabueso de la Brigada Criminal de San Francisco. Sentía también por él la más franca y cordial amistad. Lo cual no le impedía, cada vez que se presentaba la ocasión, mofarse, ya a propósito de sus orígenes de indio yaqui, ya a causa de su avaricia, o bien en razón de su tendencia a comer brioches, debido a una pasión exagerada por la pastelería pesada.
–Veamos, veamos –se burló Black–. ¿No recuerdas que la Constitución ha proclamado la libertad de prensa? Frotó una cerilla, pero se detuvo un momento antes de encender el cigarro, pasmado por la aparición que acababa de surgir ante él en el umbral de la puerta: un viejo encorvado, de cráneo calvo humedecido de sudor, cuya nariz chata no ofrecía más que un mezquino soporte a las gafas de montura de acero, tras las cuales se guarecían dos ojos negros extraordinariamente vivos y escudriñadores.
–¿Es aquí la Brigada Criminal? –se informó el anciano, con voz ronca y sorda.
–¿Qué desea usted? –preguntó el inspector Romero sin volverse.
–Se trata de un crimen –rezongó el viejo.
El sillón del inspector giró chirriando. Black arrojó lejos de sí la cerilla que le quemaba los dedos.
–¿Un crimen?… ¿En dónde? –reiteró el inspector con tono seco.
–Yo…, yo no sé –balbuceó el recién llegado–. Por lo menos no lo sé todavía.
–¿Quién ha sido asesinado?
–Tal vez el doctor Adams; quizá mister Kitredge… No lo sé seguro. Mire –añadió el anciano queriendo justificarse–, hasta el momento el asesinato no se ha cometido todavía…
–Ah. Perfectamente –exclamó el inspector Romero–. Vayamos con calma… ¿Cómo se llama usted?
–Christopher Bailey.
–¿Y se dedica usted al ocultismo, quizá?… ¿Lo que usted nos ha dicho lo ha leído acaso en una bola de cristal?
–No señor, en las estrellas. Gracias al juego de los planetas y de los signos del Zodiaco.
El anciano extendió un brazo e hizo un ademán circular como para abrazar toda la esfera terrestre.
Un brillante con los colores del arco iris atrajo la atención de Bill Black. El anciano llevaba un solitario y tenía las uñas muy sucias.
–Ah. Perfectamente –repitió el inspector Romero, pasando la mano bajo la mesa para apoyar el dedo sobre el botón que accionaba el vibrador encargado de llamar al médico de servicio.
Novedades en la mesa
Anagrama coloca en las mesas de novedades Un lugar llamado antaño, la tercera novela de la Premio Nobel polaca, Olga Tokarczuk.
