Originario de Alabama, Wyatt Blassingame (6 de febrero de 1909-8 de enero de 1985) es un curioso caso de autor de literatura policiaca y libros para niños y jóvenes. Empezó como muchos, en el periodismo, cubriendo la fuente policiaca y de ahí pasó a los relatos en revistas especializadas. Ya casado y con hijos, se mudó a una pequeña isla de la costa de Florida. Transcribo las primeras líneas de su relato “La muchacha en la niebla”.
La niebla se iba disipando poco a poco, empujada por una suave brisa. El cielo mostraba, de cuando en cuando, algunos ramalazos de azulada claridad.
Bajo la niebla, la superficie de la bahía era visible sólo en una extensión de quince metros: un pequeño mundo gris que incluía la motora y el hombre que estaba en ella.
Sentado en la proa, Joe Falls vio el pelícano muerto y, un minuto más tarde, una gaviota muerta.
A continuación vio otra gaviota, herida, que trataba desesperadamente de volar, pero no podía mover más que un ala.
Falls moderó la marcha de la canoa.
El ave era una gaviota retozona de precoz plumaje estival: blancas, las suaves plumas del buche y de la cola; de un negro lustroso, las de la cabeza y el cuello. Su ojo, ribeteado de rojo, observaba con terror a falls; su pico, de punta rojiza, le picoteó salvajemente cuando el barquero extendió la mano y la extrajo del agua. Una de las alas colgaba grotescamente.
–Le han pegado un tiro –dijo Falls extrañado–. ¿Quién diablos pudo hacer tal cosa?
Las gaviotas no eran comestibles. Se consideraban unos pájaros casi domésticos.
El que disparara sobre ella sólo pudo hacerlo por el placer de matar, y, al pensar en esto, Falls, contemplando al ave herida, sintió que una repentina rabia atenazaba su garganta.
Era un hombre bajo, de complexión robusta, cabellos pelirrojos y de un carácter endemoniado…, carácter que empleaba aprincipalmente para ocultar su temperamento sentimentaloide, a él, especialmente.
Por tanto, la repentina compasión que experimentaba por el pájaro, la convirtió en ira hacia quienquiera que hubiera disparado contra él.
No formaba parte de su trabajo, como oficial de Protección de Aguas Saladas de Florida, la protección de las aves marinas, pero “si encuentro al tal”, pensaba “puedo recriminarle severamente indicándole que disparar contra las gaviotas no es ningún deporte”.
Escrutó detenidamente la superficie del agua invadida por la niebla, elevándose cuanto podía sobre la punta de sus pies y escuchando.
De alguna parte, frente a él, le llegó el disparo de un fusil.
–¡Ah!… –exclamó.
Llevando aún en sus manos el ave, se dirigió al motor y abrió la válvula de escape.
Minutos más tarde veía el yate, bastante grande, cuya cadena del ancla se deslizaba lentamente por la serviola hasta desaparecer en el fondo del mar.
En la popa se veía una figura, amorfa y oscilante en la niebla, que portaba lo que bien pudiera ser un fusil.
Una torva sonrisa apareció en el rostro de Joe Falls. Avanzó su canoa, la puso junto al yate y arrojó el cabo de marcha a la cubierta del buque.
–¡Oiga!… ¡Oiga!… –gritó.
La figura se volvió.
Y cuando se dirigió hacia él, antes de detenerse y que Joe pudiera verle la cara a través de la niebla, adivinó que era una muchacha.
Novedades en la mesa
Humor neerlandés en esta curiosa y cínica novela: Intentos de sacarle algo a la vida. El diario de Hendrik Groen, de 83 años y cuarto (Editorial Roca, 2016).
