Con una temprana vocación para contar, Kenzaburo Oe (31 de enero de 1935-3 de marzo de 1023) obtuvo en 1994 el Premio Nobel de Literatura. Durante un par de años (1976-1977) vivió en la Ciudad de México mientras hacía una estancia académica en El Colegio de México. Su vida se distinguió por el activismo antibélico y antinuclear, y su literatura está marcada por la experiencia como padre de un niño con discapacidad. Hay 16 libros suyos disponibles en español. Transcribo las primeras líneas de su primera novela, Arrancad las semillas, fusilad a los niños (trad. Miguel Wandenbergh para Anagrama, 1994).

“la llegada. Dos de los nuestros habían huido durante la noche, y por eso no nos pusimos en camino antes de que amaneciera, como era habitual. Para matar el rato, tendimos al débil sol de la mañana nuestros bastos capotes verdes, todavía húmedos a causa del diluvio caído la noche anterior, y contemplamos las turbias aguas del río, que entreveíamos más allá de unas higueras que se alzaban al otro lado del camino, del que nos separaba un seto bajo. La intensa lluvia había dejado el camino lleno de surcos, por los que corría un agua cristalina. El río bajaba muy crecido, porque aguas arriba se había roto una presa por la acción conjunta de la lluvia y el deshielo, y su corriente embravecida emitía un sordo rugido y arrastraba perros, gatos y ratas muertos a una velocidad vertiginosa.

”Al cabo de un rato, los niños y las mujeres de la aldea se congregaron en el camino; nos miraban con ojos en los que mezclaban la curiosidad, la timidez y una insolencia contenida; de vez en cuando, intercambiaban rápidos comentarios en voz baja o soltaban bruscas carcajadas, lo que nos irritaba sobremanera. Para ellos, éramos seres de otro planeta. Algunos de los nuestros se acercaron al seto y se pusieron de puntillas para mostrarles sus penes inmaduros, colorados como fresones. Una mujer de mediana edad, que se había abierto paso a codazos entre el grupo de chiquillos que se partían de risa, contemplaba el espectáculo con los labios apretados y la cara roja como un tomate, y les hacía comentarios rijosos a sus amigas, algunas de las cuales sostenían niños de pecho, entre grandes risotadas. Sin embargo, como aquel juego se había repetido en innumerables ocasiones en los pueblos por los que pasábamos, ya no nos divertía la desvergonzada excitación que mostraban las campesinas a la vista de nuestros penes circuncidados, práctica habitual a la que se sometía a los muchachos enviados a un reformatorio.

”Así que optamos por hacer caso omiso de la gente del pueblo, que seguía mirándonos, obstinada, desde el otro lado del seto. Algunos de los nuestros se pusieron a dar vueltas por el jardín como animales enjaulados, mientras que otros se sentaron en las losas que había secado el sol a contemplar la tenue sombra de las hojas sobre el suelo de color castaño oscuro y se entretenían resiguiendo sus contornos azul pálido con la punta de un dedo.

”Sólo mi hermano pequeño devolvía las miradas y observaba a los campesinos apoyados en el seto, sin importarle las hojas de camelia, duras como el cuero, que empapaban la pechera de su capote de gotas de rocío […]”

 

Novedades en la mesa

De la campechana Laura Baeza, la novela Niebla ardiente, con el sello editorial de Alfaguara.