Hombre de ciencias y de letras, el francés Georges Duhamel (30 de junio de 1884- 13 de abril de 1966) publicó docenas de libros entre novela, poesía, ensayo, teatro y libros de viajes. Perteneció a la Academia Francesa y promovió el uso del francés como director de la Alianza Francesa. Transcribo las primeras líneas de su Carta sobre los bibliófilos (trad. José Luis Checa Cremades, Trama, 2021).
Según parece, los viajes por mar poseen la curiosa facultad de añejar el vino. Amigo mío, ¿no le decía yo no hace tanto que la distancia da al juicio una madurez semejante a la que proporciona el paso del tiempo? Cada día me reafirmo más en esta creencia. No hay desplazamiento, por corto que sea, que no entrañe algún beneficio. A veces, al ir a expresar mi opinión, me contengo y doy un paso atrás. Si no he visto a mi interlocutor –mi adversario– más que de cintura para arriba, retrocedo y trato de percibirlo por lo menos hasta la rodilla. La respuesta que doy sale ganando. Unas veces muevo la cabeza; otras levanto un brazo. Si el asunto puede complicarse, si la decisión trae consecuencias, me arriesgo a abandonar el lugar. He podido revelar algunos errores por haber sabido salir corriendo a tiempo; otros, gracias a un viaje en tren. Cuando mi país me desconcierta, atravieso el mar o escalo una montaña: sólo entonces mis observaciones ganan en fuerza y lucidez. Que Europa me exaspera, me voy a vivir a África para considerarla mejor; el resultado compensa el viaje. Cuando el mundo haya perdido todo sentido para mí y carezca de excusa posible a mis ojos, quizá pida que me sobrevenga la muerte, para así ver la vida con un poco de distancia y juzgarla de manera más sana.
Precisamente, esta necesidad de juzgarme con un poco de perspectiva me decidió el verano pasado a reservar una plaza en un perezoso barco de vapor que debía llegar a oriente tras varias escalas. En tales aventuras, no se abandona uno del todo. La mente, como un rebaño, unas veces se disgrega, otras se reagrupa. En este juego, ambas partes siempre salen ganando, y así es como, a veces, la persona se encuentra en situación de censurar al personaje.
Cualquiera que fuera el pretexto secreto de este viaje por mar, el motivo evidente era acompañar a mi querido e ilustre amigo Arnauld, a quien diversos asuntos reclamaban en el extranjero.
El mar estaba en bonanza, las noches se adornaban de frescura y silencio. A Arnaud y a mí nos gustaba instalarnos en la proa del baro, que parecía elevarse contra el cielo. Un firmamento fecundo ardía sobre nuestras cabezas. Más parpadeante pero no menos luminoso, un segundo firmamento palpitaba a nuestros pies y se entreabría espumeante ante la roda de la embarcación. La Vía Láctea, reflejada en el abismo líquido, se cerraba sobre sí misma, anudada al descuido por un cinturón voluptuoso. En su inmovilidad, el universo nocturno nos privaba pronto del sentido del espacio y, a cambio, nos procuraba la sensación milagrosa de estar realizando en espíritu un viaje a través del tiempo. El batir regular de las olas no evocaba tanto un obstáculo concreto como una vaga sensación de consumación, decadencia y eterno retorno.
Una noche apareció en el cielo una luna sutil que nos devolvió a la realidad material del mundo y a la angustia de las lejanías. Volvió a la noche siguiente.
–¡El croissant! –murmuró Arnauld.
–Bien dicho, de momento –le dije–, puesto que está creciendo.
Novedades en la mesa
De David Martín del Campo, Ahí viene el lobo, editado por el Fondo de Cultura Económica.
