La nueva entrega de David Martín del Campo, Ahí viene el lobo (FCE, 2023) inicia justo con el cierre de la Kodak y el principio de la era digital. Es una historia narrada a través del lente de una cámara disparada por Mortiz, mientras visita a personajes y recorre escenarios junto a su perro, al estilo de Steinbeck, para fijar con precisión las imágenes de su vida. Transcribo las primeras líneas de la novela.
La luz del nuevo día. Eso comentó Horst Kettner por la línea telefónica. “Alcanzó a ver el nuevo día.” Axel revisó la carátula de su reloj, las once cuarenta de la noche. Sie konnte den neuen Tag zu sehen. “¿Qué hora es allá?”, preguntó entonces. “Van a dar las nueve; es una mañana fresca”, apuntó herr Kettner. “En su libreta dejó algunas notas. La primera que le avisáramos a usted… antes de organizar el velorio. Estoy en la Schon Klinik de Poecking.” En eso hubo una explosión. Y otra, y otra. Los cohetones celebrando a Nicolás Tolentino, el santo patrono del barrio.
–Ocurrió esta mañana. Sus riñones dejaron de funcionar y la trajimos al sanatorio. El viernes festejábamos con ella su aniversario; un breve agasajo en la habitación de diálisis. Cumplió ciento un años y sí, probó su pastel con ese número de velitas. Parecía una centella. Estaba feliz. “Van a incendiar el piso del hospital”, nos regañó con su eterna sonrisa, aunque ya no pudo abandonar la cama. El Süddeutsche Zeitung de Múnich sacó una pequeña nota a propósito.
–¿Ciento un años? –repitió Axel en alemán.
–En efecto. Después de su accidente ya no se recuperó. ¿Se acuerda usted? Hace tres años. El desplome del helicóptero, varias costillas rotas que le dañaron los pulmones.
–Sí supe. En Somalia, creo recordar…
–Sudán –lo corrigió el tal Kettner a través de la línea–. Iba a visitar a sus amigos, los nubios, pero ya no pudo llegar.
Silencio, la estática del cable telefónico, Blondina muerta y él mirando a Rudi que orinaba en el jardín. Hacía mucho, tal vez la mitad de siglo, que no la veía: un océano de por medio, la guerra, ese país que ya era suyo. “Leni”, se dijo al preguntar:
–¿Hay algo que pueda hacer?
–No creo. La velación inicia en dos horas. Una breve ceremonia en la capilla y al crematorio esta misma tarde. Fueron sus indicaciones, además de llamarle a usted. ¿Le puedo hacer una pregunta? –tartamudeó un nervioso Horst.
–Sí; cuál.
–¿El país es México o Estados Unidos Mexicanos? ¿La ciudad es México, otra vez, o eso de “Distrito Federal”?
Axel Moritz soltó un suspiro.
–Es difícil de explicar. Aquí todo es confuso… pero al mismo tiempo práctico. Un país práctico y confuso.
–Ya veo. Adiós herr amigo. Que tenga un buen día.
–Sí, gracias. Igualmente.
Era el lunes 8 de septiembre y estuvo tentado a telefonear a Gela, su hija, para comentar el deceso. ¿Pero decirle qué? Aquello resultaba demasiado pesaroso; un espectro persiguiendo a otro espectro. No lo entendería. Dejó el teléfono y ya abandonaba el estudio cuando experimentó la necesidad de acariciarla. Era su favorita, la consentida, más de una vez intentaron arrebatársela. Abrió la vitrina del aparador y la sujetó. “Confuso pero práctico”, se repitió. Cargó el estuche y la llevó hasta la cocina donde Lydia le había dejado la merienda. Iban a dar las doce y las quesadillas en el camal ya se habían enfriado. Las metió en el micro. Treinta segundos de murmullo magnetrónico. La Hasselblad reposaba en el mantel, reparó en que tenía película.
Novedades en la mesa
El año en que nació el demonio, del peruano Santiago Roncagliolo, en la editorial Seix Barral.
