En la ruta de la construcción del nuevo humanismo mexicano, cabe recordar que hubo un humanismo prehispánico en el imperio mesoamericano. Un humanismo que se concretizó en la educación, ciertamente selectiva, que se impartía a los niños y jóvenes que tarde o temprano gobernarían el país. Esta educación priorizaba los valores humanos y marcaba la importancia que deberían tener el buen comportamiento, la sensibilidad ante la creación humana y los deberes de los equivalentes a una nobleza prehispánica.

Cuando llegaron los españoles, si bien este asunto todavía se discute, lo cierto es que lo hicieron bajo el signo del Renacimiento europeo. Los exploradores y conquistadores, según Octavio Paz, no eran caballeros feudales, buscadores en sitios cerrados; sino hombres con nociones renacentistas que inducían a explorar en lo abierto, en lo desconocido. Ese elemento renacentista fue más abundante en los evangelizadores de diferentes órdenes religiosas. Muchos de ellos forjados en los aires erasmistas y ya sacudidos por los impactos del protestantismo que, por lo menos, fue capaz de crear algunas dudas respecto al papel que debería desempañar la iglesia en los nuevos tiempos.

El proceso de aculturación fue importante en la formación de nuestra cultura humanista. La religión cristiana tomó algunos elementos de las creencias precolombinas. Los dioses guerreros fueron eliminados y se dio un mayor peso a las deidades femeninas cuya tarea se relacionaba más con las de humanizar las relaciones entre los seres humanos. Las feroces deidades mesoamericanas dieron paso a las figuras religiosas que ofrecían un regazo para los indios, para los mestizos y, más tarde, para algunos criollos. Por supuesto, también los españoles aportaron sus figuras religiosas para la mezcla cultural del mestizaje. Ellos también mostraron sus figuras menos agresivas y que se acercaban a las de los conquistados. Así, la primera aculturación fue religiosa y tuvo un alto contenido humanista.

Desde luego, no se puede generalizar, pero en la propuesta evangelizadora abundan los referentes de misioneros y sacerdotes —incluso los de origen indio o mestizo— que hicieron esfuerzos notales para defender a los indios. Fray Bartolomé de las Casas y Vasco de Quiroga son solamente dos ejemplos en este comportamiento. Fray Bartolomé con su larga e intensa actividad para defender a los pueblos indios de los embates de adelantados, encomenderos y también de los funcionarios ambiciosos de la corona o de la administración colonial.  Por su parte, Vasco de Quiroga construyó la utopía de los pueblos michoacanos, consistente en una organización humana con valores de alta moral, gobiernos buenos y con un ordenamiento social favorable al progreso compartido de los diversos pueblos en lo que hoy es Michoacán.

Con frecuencia, estos pensamientos y estos valores humanistas no pasaron de ser, como en el caso de don Vasco, meras ideas utópicas, muy alejadas de la realidad. Lo mismo sucedió con Fray Bartolomé, que fue atacado por los beneficiarios del orden semi-esclavista en las diversas instancias del gobierno español. De todas maneras, en uno y otro caso, los pensamientos humanistas nunca fueron un soporte al orden de las explotaciones extremas y, por eso mismo, contaron con enemigos muy poderosos. Lo mismo sucedió con otros hombres portadores —a veces algunas mujeres— de ideas nuevas.

Pero ese humanismo no siempre pasó sin dejar huellas. Años después, fue el principal factor en la promulgación de las Leyes de Indias, cuyo aporte histórico fue el de mejorar, humanizar hasta cierto punto, las relaciones de España con los pueblos conquistados. Las Leyes de Indias permanecen poco exploradas en nuestro país, pero son, sin duda alguna, un factor decisivo en la humanización de América y de otros continentes. La tarea de conocerlas de manera adecuada está pendiente, y un buen análisis puede aportar mucho en la construcción del nuevo humanismo mexicano.

@Bonifaz49