Colleen McCuyough (Australia 1 de junio de 1937 – 29 de enero de 2015). Neuróloga de profesión. Alcanzó la celebridad literaria por una serie de novelas ambientadas en la Roma antigua. También escribió lo que se considera un grupo de novelas “románticas”, entre ellas, Las señoritas Missalonghi (Edivisión, 1992), traducida por Marita Osés, de la que transcribo las primeras líneas.

–¿Me puedes decir, Octavia, por qué parece que nuestra suerte nunca cambia para bien? –preguntó Drusilla Wright a su hermana, y añadió con un suspiro–: Necesitamos un tejado nuevo.

La señorita Octavia Hurlingford dejó caer las manos en su regazo, meneó la cabeza tristemente e hizo eco al suspiro de su hermana.

–¡Oh, querida! ¿Estás segura?

–Denys dice que sí.

Como su sobrino Denys Hurlingford era el propietario de la ferretería local y poseía asimismo un próspero negocio de instalaciones sanitarias, su palabra era ley en estas cuestiones.

–¿Cuánto costará un tejado nuevo? ¿Hay que cambiarlo por completo? ¿No podríamos sustituir sólo las láminas más deterioradas?

–Solo hay una lámina que valga la pena conservar, según Denys, así que me temo que nos costará unas cincuenta libras.

Se produjo un sombrío silencio, mientras ambas hermanas se devanaban los sesos en busca de una fuente que les proporcionase los fondos necesarios. Se hallaban sentadas de lado en un sofá relleno de crin cuyos buenos tiempos eran tan remotos que ya nadie los recordaba. Drusilla Wright hacía vainica en el borde de una tela de lino con una destreza meticulosa y delicada, y Octavia estaba ocupada con una labor de ganchillo tan exquisitamente trabajada como la vainica.

–Podríamos emplear las cincuenta libras que padre puso en el banco cuando nací –dijo la tercera ocupante de la habitación, ansiosa de compensar el hecho de no ahorrar ni un céntimo del dinero que sacaba vendiendo huevos y mantequilla.

También estaba trabajando, sentada en una silla baja, haciendo encaje con una lanzadera y una madeja de hilo de color crudo, moviendo los dedos con la absoluta eficacia de quien domina a tal punto la tarea que puede realizarla sin mirar ni pensar.

–Gracias, pero no –dijo Drusilla.

Y aquello puso fin a la única conversación que se produjo durante el rato de labor, que ocupaba dos horas de la tarde del viernes, porque poco después el reloj del vestíbulo empezó a dar las cuatro. Con las últimas vibraciones todavía suspensas en el aire, las tres mujeres procedieron a guardar sus labores con el automatismo propio de las viejas costumbres: Drusilla su vainica. Octavia su ganchillo y Missy su encaje. Cada una de ellas colocó su labor dentro de una bolsa de franela gris idéntica a las otras, que se cerraba con un cordoncillo, tras lo cual guardaron sus respectivas bolsas en una desvencijada cómoda de caoba situada debajo de la ventana.

La rutina no variaba nunca. A las cuatro se terminaba la sesión de dos horas de labor en la sala de estar, y empezaba otra, también de dos horas, pero distinta. Drusilla se sentaba al órgano, que era su único tesoro y su único placer, mientras Octavia y Missy iban a la cocina, donde preparaban la cena y finalizaban las tareas exteriores.

Reunidas en el umbral de la puerta como tres gallinas de jerarquía incierta, era fácil adivinar que Drusilla y Octavia eran hermanas […]

 

Novedades en la mesa

Una novela de Philip Larkín, Una chica en invierno, traducida por Marcelo Cohen para editorial Impedimenta.