Aline Pettersson (11 de mayo de 1938) tiene una singular manera de enfocar la vida en su literatura. Sus historias, ensayos, poemas, cuentos para niños y monólogos autobiográficos enredan al lector y lo sacuden con cada frase. La escritora se presenta el 9 de julio en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes, en el ciclo Protagonistas de la literatura mexicana. Aquí transcribo unas líneas de “Superficies (primer folletín)” de su libro Viajes Paralelos (Alfaguara, 2002) donde observa “las entrelíneas del breve paso del tiempo humano”.

Yo no tengo joven poeta o novelista a quien escribirle unas cartas con las reflexiones que nacen inevitablemente del acto de escribir. Y sí, de igual modo que el mar está condenado a volver siempre, está condenada la mano a verse a sí misma en el proceso de la escritura. Después de todo, escribir no es otra cosa que mirarse al espejo, por distorsionado que éste sea. ¿Necesidad de comunicación? La urgencia, ya no adánica, de nombrar, sino el deseo, que provocó el castigo: ser como Dios o matar a Dios y crear de nuevo el mundo.

Si las familias felices no tienen historia, la gente feliz tampoco escribe. ¿Para qué dejar correr el tiempo en una actividad casi siempre mal remunerada? Unas son las razones de la razón, pero hay otras, acaso difíciles de fijar –como alas de mariposa a una superficie– que revolotean sin descanso.

Quizá se pueda hablar sólo de un diálogo en el interior de uno mismo. Una serie de preguntas, una serie de respuestas, elusivas siempre que llevan vez a vez a recomenzar. Porque en el proceso de la escritura parece que la batalla va a ser ganada y se cae en el arrebato. Acercarse, iluso, a sitiar aquella obsesión, a exprimirla, a agotarla. Después regresará la certeza de que la escritura de nuevo sesgó el intento, de que es preciso tratar de nuevo.

Muchos de quienes escriben afirman que se parte siempre de, al menos, una semilla de experiencia personal. Estoy de acuerdo, porque ¿desde dónde más puede hablarse si no es desde quien toma la pluma, desde su mirada sobre el mundo? Ya en la misma elección de un tema hay un compromiso, el del autor. El afán exploratorio que guía la pluma hacia aquel asunto que altera, para bien o para mal, por haberse vivido, observado, escuchado, imaginado. Es igual, se trata de “un no sé qué que queda balbuciendo”.

Y el tema, la búsqueda del tema, puede verse desde una mirada amplia o reducida. Si amplia: debajo de la conciencia se agita el desasosiego que lleva a caer en aquellas preguntas ineluctables del ser humano. Las sin respuesta, las que al mismo tiempo no pueden dejar de formularse, se escriba o no. Porque más allá del rigor de la filosofía como disciplina, hay una forma silvestre –innata– para meditar sobre el tiempo finito de cada quién, adentrarse por los caminos del Ser, buscar la Verdad. La mente no puede eludir esos temas; le pertenecen si le pertenece, asimismo, el funcionamiento más o menos adecuado de las grises circunvoluciones de su sesera. ¿Los llevará a la poesía? ¿Los hará personajes? ¿Los volverá objeto de reflexión ensayística? ¿O sólo permanecerán como motivo frecuente de insomnio o ensoñación?

De asomarse a los caminos de la escritura y reduciendo el diafragma de la lente, se perfilan tonos, aficiones, diversiones, aflicciones que llevan a quien escribe, pero asimismo a quien lee, a jugar y sufrir con ellas y también por ellas […]

 

Novedades en la mesa

Las Horas subterráneas de la francesa Delphine de Vigan, traducida por Juan Carlos Durán Romero para Anagrama.