Guionista y narrador, Donald E. Ewstlake (Nueva York, 12 de julio de 1933-México, 31 de diciembre de 2008) publicó unas cien novelas y una decena de colecciones de cuento. Sus carismáticos delincuentes-investigadores (Dortmunder, Parker, Grofield, etc.) son populares en películas y series. Transcribo las primeras líneas del cuento “Una hora para morir” traducido por Salvador Bordoy Luque (Aguilar, 1980).

La carretera sur de Nueva York se hallaba transformada, durante aquella tarde de sábado, en un río compacto de coches que, en tres filas, se precipitaban hacia las playas de Jersey. Hubiérase dicho que toda la ciudad se vaciaba para pasar el fin de semana.

Ed Johnson echó una mirada de envidia por encima del terraplén, hacia las otras tres pistas de la carretera, casi desiertas en dirección norte, y se dijo que hubiera preferido correr a velocidad y sin molestias en sentido contrario.

No era que tuviese mucha prisa. Su trabajo no tenía nada de apasionante. Velar por la seguridad de un futbolista de 20 años, bastante estúpido, para que no sufriera ningún accidente en una reunión íntima de reducidos familiares, no era trabajo; era más bien unas vacaciones. Sería como si robase sus honorarios.

Pero ¿a qué discutir? Era preciso pagar el alquiler de la pensión, sufragar los gastos de la comida y otras cosillas por el estilo, tan perentorias. Y cualquier trabajo era aceptable.

Por eso había recibido con gran alegría y enorme entusiasmo la visita de míster Edgar Terence en su modesto despacho. Mas este entusiasmo había disminuido a medida que el hombre hablaba.

–Soy procurador –le había dicho Terence–. La mayor parte de mi trabajo consiste en ocuparme de los bienes muebles e inmuebles de mis clientes, y, a veces, con cierta frecuencia, me toca ser no sólo albacea testamentario, sino hasta tutor legal de los menores que han quedado huérfanos.

Terence se expresaba continuamente con voz monótona, como si dictase articulos del Código.

Ed asentía con la cabeza, procurando dar la impresión de que prestaba la mayor atención al asunto.

–Uno de mis clientes –continuó el procurador– era Roger Foreman. Ya sabe usted: el de los aviones…

Ed, que conocía de nombre al industrial, hizo un ademán afirmativo con la cabeza.

–Mister Foreman murió hace tres años, de trombosis coronaria –dijo Terence–. Dejó un solo hijo: Daniel Foreman.

Las cejas de Ed se alzaron.

–¿El jugador de fútbol? –preguntó.

Terence sonrió.

–Exactamente.

La sonrisa desapareció de sus labios. Terence volvió a su tono de dictador del Código.

–Cuando murió mister Foreman, Daniel tenia 18 años. Según los términos del testamento de mister Foreman, Daniel recibió la totalidad de las acciones de la Foreman Aircraft, más 300 mil dólares aproximadamente en dinero y en valores negociables. La madre de Daniel recibió como herencia las tres casas, la mitad de las acciones de una sociedad de aparatos eléctricos, filial de la de aviones, y quinientos mil dólares.

Ed volvió a asentir, esforzándose por no bostezar.

Mister Terence prosiguió su peroración:

–Según las disposiciones testamentarias, quedé nombrado tutor de Daniel hasta que cumpliera los 21 años. Daniel, antes de recibir la herencia había de tener 21 años y estar casado; es deci haber demostrado un exacto sentido de la responsabilidad.

 

Novedades en la mesa

La edición de Acantilado que reúne once novelas de Stefan Swig, Novelas, traducidas por Marina Bornas Montaña, Roberto Bravo de la Varga, Berta Conill, Joan Fontcuberta, Adan Kovacsics, María Daniela Landa, Manuel Lobo, A. Orzeszek y Berta Vias Mahou.